Inicio | El Cajón | Vindicación del error en El Quijote
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Cervantes es un escritor cuyo prestigio jamás ha conocido eclipses. Nunca ha sido necesario reivindicar a Cervantes ni redescubrirlo, porque precisamente lo peligroso ha estado con harta frecuencia en la otra vertiente: en el entusiasmo atolondrado y gratuito, en el fetichismo y el fanatismo, actitudes a veces mucho más graves y peligrosas que el silencio o el olvido.
Martín de Riquer Soy consciente que desacralizar el Quijote y a Cervantes y más en año de fastos como éste, entraña sus riesgos. Sin embargo, me parece un ejercicio sano y necesario recordar a Cervantes y a su obra no desde la óptica del filólogo que, si se lo propone, es capaz de ver oro en todo lo que reluce, sino desde la del creador que perdona y comprende los pecados de los que no está libre nadie que alguna vez haya inventado una ficción. Vaya por delante una afirmación obvia: el Quijote dista mucho de ser perfecto. Acaso las frases más desternillantes acerca de la perfección se las debamos a Torrente Ballester cuando ponía tanto ahínco en justificar la novela: «El Quijote pertenece a una cultura sin demasiada vocación por lo perfecto», decía. Nos libren los Hados de toda cultura que sí tenga esa extraña vocación, añado yo. Torrente explica: «La perfección es un valor estético para el que [los españoles] carecemos de sensibilidad». Lo que tal vez quería decir el salmantino era que los españoles preferimos a nuestro Quijote tan imperfecto como nos salió. Es decir, y en palabras del tan vapuleado Diego Clemencín, lo queremos pese a estar escrito «con una negligencia y desaliño inexplicables», igual que se quiere a un hijo poco agraciado, y que como a él, tendemos a verle más virtudes de las que tiene y a mandar callar a quien ose nombrar sus defectos. Yo también amo a mi Quijote imperfecto. Lo amo, entre otras cosas, por los deslices y los errores que contiene, seguramente porque me ayudan a valorarlo en su justa medida. No como la obra de un todopoderoso creador llamado Cervantes —como quisieron verlo, ridículamente, algunos— sino como la obra de un colega poseído por un talento innegable y poco dotado para la meticulosidad, la paciencia y otras virtudes muy codiciadas a la hora de pergeñar un texto de las dimensiones del que nos ocupa. Los deslices del Quijote son conocidos. También lo son, es de justicia recordarlo, los de sus críticos. Me río especialmente de aquellos que ven en los altisonantes y campanudos discursos del protagonista un ejemplo de prosa bien urdida, cuando lo que hace Cervantes en varias ocasiones a lo largo de su historia es, precisamente, parodiar la altisonancia literaria. No ha de faltar en ninguna época quien confunde la prosa engolada con la buena literatura, está visto. El propio Miguel de Cervantes de la primera parte —cuyo cuarto centenario es el que celebramos estos días, puesto que la segunda se publicó en 1614— es mucho más imperfecto que el de la segunda. Cabe pensar en lo mucho que aprendió el alcalaíno de su oficio en esos diez años que median entre una y otra. De su oficio y también de la vida. También evolucionó como intelectual. La concepción de su literatura cambió mucho: ya no le interesaba tanto reflejar aventuras atemporales y mucho más mostrar y criticar algunos de los problemas más acuciantes de su tiempo. Así, en la segunda parte introdujo asuntos impensables en la primera, tales como la expulsión de los moriscos, el bandolerismo o la piratería. También aprendió a situar la acción en lugares que eran para él familiares, como la Barcelona que había conocido durante su estancia en la ciudad. En la primera parte, sus personajes prefieren los escenarios indeterminados a los concretos. Si se nombran ciudades no es para que deambulen por ellas sus personajes. Ni siquiera sabemos el lugar del que salió Don Quijote, ese «lugar de la Mancha de cuyo nombre» no es que no quiera acordarse, es que tal vez evita el autor por desconocimiento de la zona y para no caer en errores de bulto. Errores que con no poca maldad justificó Avellaneda en el prólogo a su Quijote apócrifo: «Disculpan los yerros de su primera parte en esta materia, el haberse escrito entre los de una cárcel; y, así, no pudo dejar de salir tiznada dellos, ni salir menos que quejosa, murmuradora, impaciente y colérica, cual lo están los encarcelados». El autor inglés Robert Louis Stevenson daba a sus colegas, un par de siglos después de morir Cervantes, un consejo que bien le habría venido a nuestro autor: escribir teniendo siempre delante un almanaque y un mapa. Si hubiera tenido un almanaque, desde luego, no habría incurrido Cervantes en esos deslices cronológicos con que nos sorprende su novela una y otra vez: Sale Don Quijote en un día de julio la primera vez. Cuando, unos cuatro meses más tarde, Sancho le escribe a Teresa, sigue siendo julio. Un mes de julio de, pongamos, ciento veinte días. Por no hablar del gran despiste de la segunda parte, en que los meses avanzan al contrario. A mitad de la novela es 16 de julio. Varios episodios más tarde, cuando los dos protagonistas llegan a Barcelona, estamos en vísperas de San Juan. Es decir, 24 de junio. Algunos cervantistas de la corriente sacralizante a la que en principio me he referido optan por explicar este extraño fenómeno cronológico argumentando que no se refiere Cervantes a la fecha del bautismo de San Juan, sino a la de su degollación, que es el 30 de noviembre. En mi opinión, todo es mucho más sencillo: Cervantes conocía Barcelona porque la había visitado en el verano de 1610, cuando asistió a las celebraciones con motivo de la festividad de San Juan, y echó mano de sus recuerdos cuando escribía, urgido por la prisa, la segunda parte. A propósito de prisas y viajes: es fascinante la velocidad a la que Rocinante y el burro de Sancho recorren el camino desde las lagunas de Ruidera, donde acaba de suceder el episodio de la Cueva de Montesinos, hasta el Ebro. Unos 500 kilómetros que ellos recorren en dos jornadas. Ni aun sin parar una sola vez y manteniendo una velocidad de crucero de diez kilómetros por hora podrían haberlo conseguido. Parece evidente que Cervantes nunca fue de Ruidera al Ebro montado en un rucio. Tampoco debió de bajar a la Cueva de Montesinos, porque cuando su personaje lo hace, pese a no llevar tea ni luz de ninguna clase, ve allí maravillas que luego describe con detalle. El Cervantes espeleólogo era, desde luego, peor que el Cervantes de imaginación desbordante. Además de los fallos en la cronología, que se le escaparon a su autor porque entregaba los pliegos según los iba terminando y nunca revisaba lo ya hecho, hay otros errores de bulto muy célebres. A la esposa de Sancho Panza, por ejemplo, se le otorgan, por lo menos, dos nombres diferentes. Se equivocan, pienso, los que creen que son más, hasta cinco. Se le llama Teresa Panza, de soltera Teresa Cascajo en la segunda parte, cuando en la primera la misma mujer se llamaba Juana, cuyo apellido de soltera era Gutiérrez. En el mismo capítulo se la llama Mari Gutiérrez, algo que yo no interpreto como un error, sino como un apelativo cariñoso común en la castilla rural de ese tiempo, y aun en nuestros días. Algunos de los errores del Quijote como obra unitaria se deben al tiempo transcurrido entre la primera y la segunda parte de la obra y a algunas circunstancias extraliterarias. Se plantean algunas incongruencias de difícil solución que no pasan inadvertidas al lector: si la fecha de las correrías del Quijote es 1614, como se nos dice en la segunda parte, no se explica que en la biblioteca de Alonso Quijano, expurgada por el cura y el barbero, no haya libros posteriores a 1599. Lo mismo sucede con el final de la primera parte, donde el autor nos dice claramente que el Quijote salió una vez más, para dirigirse a Zaragoza, y luego murió. Poco podía sospechar Cervantes que el apócrifo de Avellaneda le obligaría a desdecirse: no es a Zaragoza a donde el verdadero Quijote se dirige en su tercera y última salida, sino a Ruidera, primero y a Barcelona, después. Así, Cervantes, que tal vez no pensaba escribir esta segunda parte —para él la quinta, ya que el primer libro lo había dividido en cuatro—, se vio forzado a hacerlo, resucitando así a su personaje, a quien ya había dado por muerto y enterrado. Respecto a la partición de la novela, también hay algún detalle discordante: cuatro partes tiene el primer libro. Cuando, en 1614, aparece la continuación de la historia, Cervantes la llama «Segunda parte» y no «Quinta», como correspondería y como sí hizo Avellaneda. Así, pues, se da la paradoja de que quien más respetó el texto original, siguiéndolo con fidelidad y cuidado, fue el autor del falso Quijote, fuera quien fuese. Ya lo señala Martín de Riquer, quien lo incluye en la nómina de cervantistas fundadores: «Avellaneda odiaba a Cervantes pero amaba el Quijote». Otras pequeñas y muy divertidas confusiones las hay a lo largo y ancho de la novela. El cura y el barbero, que parecen al principio tan documentados en libros de caballerías, parecen no saber nada de ellos cinco capítulos más tarde. La amnesia les sobreviene entre los capítulos 1 y 6 de la Primera Parte. En algunos capítulos, los personajes almuerzan o cenan dos veces (I, 10; II, 58); las orografías cambian de un modo inexplicable de llanas a montañosas sin que los personajes hayan avanzado (I, 10 y 11), el narrador interpuesto Cide Hamete desaparece de pronto de la Primera Parte, como si su autor se hubiera olvidado de él; se nos refieren episodios que no han sucedido como si ya hubieran pasado, y con la mayor naturalidad ocurren poco después (II, 51), hay infinidad de pequeñas incongruencias en la indumentaria o la utillería, como cuando alguien le quita a Sancho una caperuza que antes no llevaba (II, 69); algunos títulos de los capítulos no reflejan el contenido de los mismos: el 10 de la Primera Parte llama yangüeses a quienes en realidad son gallegos o en el 36 de la segunda se dice que se narrará «una brava y monumental batalla» que en realidad acaba de terminar en el capítulo anterior. Los muchos defectos de los epígrafes, que Cervantes atribuyó a su impresor, son consecuencia de un vicio fatal del autor: su «repugnancia invencible a revisar lo ya escrito», dice Clemencín. Al parecer, esos títulos se añadieron en la imprenta y en el proceso final de composición del libro. Cervantes ya no recordaba el contenido exacto de cada capítulo, por lo que cometió innumerables errores. Al mismo proceso se debe uno de los errores más jocosos y comentados de la primera parte: el del robo del burro de Sancho por parte de Ginés de Pasamonte, que el autor debió de decidir suprimir, de un modo tan burdo que dejó rastros del pollino en la historia. El resultado fue que en la primera edición el burro aparecía y desaparecía sin previo aviso. En la segunda, que Cervantes trató de corregir, pero no revisó como es debido, el burro desaparece antes de que lo roben, se nos habla luego del hurto, poco más tarde aparece Sancho tan tranquilo montado en su animal y al fin se nos explica que fue devuelto por el ladrón. En la segunda parte, Cervantes se ve en la necesidad de explicar éste y otros olvidos, que los lectores debían afearle a menudo, y lo hace achacándolos al impresor quien, sin duda, no tuvo toda la culpa: «No sé qué responder, sino que el historiador se engañó, o ya sería descuido del impresor», le hace decir a Sancho, en un fragmento inaudito en que se dedica a explicar y justificar los errores de la primera parte de su obra. Lope de Vega, por cierto, no perdió la ocasión de burlarse de él por esos errores y por esa excusatio non petita: en su comedia Amar sin saber a quién le hace decir a uno de sus personajes:
Decidnos della, que hay hombre que hasta de una mula parda saber el suceso aguarda, la color, el talle, el nombre, o si no, dirán que fue olvido del escritor…
El impresor, Juan de la Cuesta, tuvo sus propias culpas —y no precisamente leves— en las dos impresiones princeps de la primera y la segunda parte del Quijote, que se publicaron cuajadas de erratas, en algunos casos gravísimas. Sin embargo, Cervantes cometió no pocos despistes, que para Nabokov sólo tienen una explicación: «Da la impresión de que mientras escribía la segunda parte no tenía un ejemplar de la primera sobre la mesa, no lo hojeó nunca: parece recordar esa primera parte como la recordaría un lector medio, no como la recordaría un escritor». Sin embargo, entre sus justificaciones (II, 3) incluye Cervantes una fundamental, que es la causa de todo: «las obras que se hacen apriesa nunca se acaban con la perfección que requieren». Y es que, en ambos casos, la composición última del Quijote se hizo apriesa. La primera parte, tan aquejada de errores de escritor novato que el mismo autor se vio impelido a corregirlos en la segunda, se terminó en tiempo récord. Tal vez Cervantes, que no era joven y sólo había publicado una novela, tenía urgencia por dar a conocer su novela. Las prisas con que terminó la segunda —hay quien asegura que desde la carta de Sancho, más o menos a la mitad de la trama, hasta que la dio a la imprenta empleó sólo seis meses—, y que se detectan en los últimos capítulos, se debían más bien a la aparición del Quijote apócrifo de Avellaneda en julio de 1614, al cual Cervantes quería responder lo antes posible. Entre otras cosas, porque su tiempo se acababa: publicada la segunda parte, tardó sólo medio año en morir. Sea como sea, la prisa no es buena consejera de la literatura, ni siquiera de la literatura de Cervantes. El Quijote hubiera sido otro, mucho más perfecto, si su autor se hubiera tomado más molestias, si hubiera revisado, si se hubiera documentado más de lo que lo hizo. El que es, magnífico en sus faltas, es la obra de un talento natural, de un hombre cuyo ingenio deslumbraba, de un gran y nada valorado dramaturgo —como queda claro en los diálogos de la novela— y, sobre todo, de un hombre que había vivido mucho. Que había vivido mucho más que la mayoría de sus contemporáneos. Lo dice, con mucha inteligencia, Julián Marías: «La fase activa de la generación de Cervantes va de 1571 a 1601, dividida en dos periodos, de “gestación” y de “gestión”. Estos son los límites normales. Ahora bien, Cervantes vive exactamente quince años más, el espacio de una generación, hasta 1616. Este es el hecho fundamental que hace que Cervantes fuera Cervantes. Si hubiera muerto o envejecido hacia los sesenta años, como era normal en las condiciones de su época, casi no existiría». Es innecesario, pero añado que entre 1601 y 1616 Cervantes escribió, casi en su totalidad, la que muchos consideran —creo que con exageración— la mayor novela de todos los tiempos, la publicó y aun le quedó tiempo para disfrutar de las mieles de su descomunal éxito.
Estas palabras en compañía de Cervantes se escribieron en los últimos seis días del año 2004, coincidiendo en rigor con el cuarto centenario de la publicación de la Primera Parte de El Quijote, que llegó a manos de sus primeros lectores vallisoletanos en Nochebuena de 1604, pese a llevar fecha de 1605. Y se terminaron estas palabras a sólo seis horas de la entrada del año del centenario, 2005. Bibliografía
-Castro, Américo: El pensamiento de Cervantes
y otros estudios cervantinos. Trotta, Madrid, 2002. |