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Un lector en el paraíso

La literatura es a la vez una tortura y un infinito placer, como el conocimiento, como el amor cuando se encarnan de verdad, leer y escribir es casi la misma cosa, nada cambia en el fondo pues bajo las nuevas apariencias se nos están sirviendo los mismos contenidos de siempre, me subo al camión, se bajan las cortinillas y abro el libro del que voy a tener que escribir dentro de un rato. Silencio, se lee, un abrazo, hasta luego.

Rafael Conte
El Pasado Imperfecto

 

Me imagino a Rafael Conte ante las puertas del cielo, contándole a un atónito San Pedro sus méritos en este mundo. Como San Pedro nunca tuvo mucho tiempo para ser un gran lector, lo más probable es que se deje impresionar por las cifras esgrimidas por Rafael («He leído desde los seis años hasta ayer mismo varios miles de libros. Puede que ocho o nueve mil, muchos más si contamos los que dejé a medias»). San Pedro le dejaría pasar con una reverencia y Rafael entraría, señorial, con su habano en la mano, los ojos empequeñecidos bajo las gafas, la americana desabotonada mostrado las rayas de la camisa y su sonrisa burlesca templada en el justo punto, que es el de la ambigüedad.

Le imagino a Rafael con su voz destemplada, un poco impertinente, voz de crítico literario sin duda, haciendo preguntas ante el celeste mostrador de recepción, a una señorita angelical y desconcertada. Rafael frunciendo el ceño ante las ausencias, celebrando la presencia de quienes le llevaron la delantera, anunciándose a sí mismo el festín que promete este sitio para alguien inquieto como él, jamás lo habría dicho. En cuanto hubiera facilitado sus datos —pocos, porque la burocracia es ligera en el cielo, precisamente por eso se le llama paraíso— y atisbado el alcance de las nuevas posibilidades, se interesaría por el paradero de algunos, sus mayores obsesiones, y se sentiría alborozado ante las respuestas: San Juan de la Cruz («ése tiene habitación propia, en el séptimo piso»), Cervantes («lleva años en el purgatorio, pero tiene la suerte de que está aquí al lado»), Baudelaire («uy, no, lo siento, de éste no sabemos nada»), Proust («está a veces en la sala común, pero apenas habla y duerme mucho»), Juan Ramón («está en el infierno de los hipocondríacos») o Rilke («es un poco raro, pero muy simpático»).

Fijo que preguntaría también dónde está la biblioteca. Puede que fuera su primera parada en las altas moradas. Mirando sus anaqueles, donde nada debería falta, su memoria repararía en otros nombres. «¿Carmen Laforet?», «Y Voltaire no estará…», «¿O Alfonso Grosso?», «¡Y Cela, coño!». Le maravillaría descubrir que los presentes son muchos más de los que sospechaba. Claro, podría haberlo previsto: el cielo no puede permitir la fuga de cerebros. Un premio Nobel es un premio Nobel, por mucho que le extrañe a los de siempre hallarle en estas latitudes. Dios no es tonto.

Imagino la actividad de Rafael en el cielo.  No habría de tardar en convertirse en asesor de lectores adictos. Disfrutaría mostrando sus vastos conocimientos, apasionándose al hablar de tal o cual obra, recomendando lecturas a cuantos quisieran preguntarle, ya fuera Luis XVI o Ramón y Cajal. Le imagino también de charla animada. Nunca deteniéndose en lo epidérmico, sino yendo más allá, al fondo de sus conocimientos, dejando perplejo al mismo Julien Gracq, a quien tan bien conocía, al desdeñar entablar la misma conversación de todos los demás. Nada de premios ni de las razones para rechazar méritos. Conte le seduciría con maneras de conocedor, de traductor atento al texto, de admirador que nunca abandona, que a los sesenta sigue leyendo como cuando tenía 40.

Eso siempre me resultó admirable en Rafael Conte. Era inmune al hastío, en él la vida no había provocado ningún cansancio. Leía con el ánimo de un niño, que es el de descubrir, el de divertirse. Escribía del mismo modo, y por eso a veces era un poco gamberro —alababa sus propias traducciones de Gracq al hablar de los traductores de Gracq, por ejemplo—, pero siempre resultaba simpático. Nunca le oí a Conte uno de esos comentarios pesarosos que los mayores suelen dedicar a las nuevas hornadas de escritores. Jamás desacreditó a los nuevos, jamás mostró desconfianza hacia nosotros, sino todo lo contrario. Juraría que el adjetivo nuevo le gustaba, le seducía. Se ufanaba de conocernos bien, y podía hacerlo. Su interés era universal y su curiosidad, sincera. Nos leyó con el corazón y con las ganas. Nos dio tirones de orejas, pero también consejos maravillosos. «Todo escritor tiene siempre la obligación de creerse Homero», le oí decir una vez, contundente. Y más de diez años después, rara es la jornada de trabajo en que no me acuerde de sus palabras. Me dan ánimo y me insuflan las ínfulas que siempre me faltan. Si el pudor me recomienda humildad, Rafael Conte siempre seguirá sugiriéndome que me dé aires. Todo lo que escribo surge de esa mezcla explosiva, saludable.

Y si en privado Rafael se enorgullecía de habernos leído a todos, de interesarse por lo que traíamos entre manos o por lo que acabábamos de publicar, en lo público fue el mejor de nuestros aliados. Un promotor. Decía el también crítico Juan Ángel Juristo en un texto in memoriam publicado el pasado mes de mayo que «la mayoría de los escritores menores de sesenta años le deben en gran parte el encumbramiento de que gozan en la actualidad». No es exagerado, desde luego. Aunque, por supuesto, nosotros fuimos sólo la última hornada de sus descubrimientos. Atrás quedaban muchas otras generaciones. Comenzando por las más provectas, la de los españoles del exilio, a quien él comenzó a salvar del olvido en los años 70, desde las páginas del diario Informaciones. Al mismo tiempo permanecía atento al boom latinoamericano, y a lo que se publicaba en Francia, que siempre fue su segunda patria, y la primera de su adorada Jacqueline, su esposa. Tampoco dejaba de leer a los más modernos de entre los modernos, y de sugerir nombres a los lectores atentos que seguían sus consejos, que eran muchos. José María Guelbenzu, J. Leyva, Jesús Ferrero…  Aunque para sus adentros puede que siempre prefiriera la gran novela del XIX.

«¿Y qué hay del cielo, Santos? ¿No me habías dejado preguntando por Laforet y por Grosso y por Cela? ¿Les encuentro o no les encuentro? ¡No discursees y acaba lo que has empezado, caramba!», me amonesta al oído Rafael.

Las mesas camillas del cielo por fuerza tienen que ser más grandes que las terrestres y ostentar faldones más vistosos. Alrededor de alguna de ellas estará Conte discutiendo con sus más afines. Max Aub, Benjamín Jarnés, Gómez de la Serna, Cela... Le imagino contándoles, con esa vehemencia tan suya, de pasiones más recientes, como Gonzalo Hidalgo Bayal o Luis Landero. Le sospecho dándole a los muertos las mismas lecciones que durante tantos años nos dio a los vivos: explicando los libros y a sus autores antes de entrar en la harina del propio gusto, un poco como haría un enciclopedista, educando al lector antes de manifestar su opinión. Pero no escatimándola después, y tampoco la vehemencia. Todo ello sin espectáculo, otorgando al libro el papel protagonista, en una mesura que daba pistas definitivas acerca de la vastedad de su conocimiento y de su legitimidad a la hora de hacer su trabajo.

Esa vehemencia resonaría sin duda en el cielo entero, porque las bóvedas celestiales deben de propagar muy bien el sonido y ser un lugar más bien soso, propicio a la siesta prolongada y muy receptivo a los fenómenos como Rafael. Él se encargaría de desempolvar los volúmenes de la biblioteca y desentumecer los ánimos de sus más queridos y odiados literatos. Puedo imaginarle ufanándose de ser lo que tantas veces dijo que era cuando andaba entre los mortales, «el disco duro de la literatura española». Quevedo o Cervantes o Baroja le preguntarían. Él siempre tendría respuesta.

A Rafael le divertía hacer la prueba. Nombraras el asunto que nombraras, o la literatura extranjera que fuera, a su cabeza acudían títulos y autores. Muchos le llamaban para consultarle por bibliografías esquivas, en la época anterior a Internet, y él les atendía a todos, y les maravillaba. En el cielo, ese podría ser un divertimento clásico. Por supuesto, los autores habrán de sufrir también sus reproches y su insaciable curiosidad. ¿Por qué hicieron tal cosa o dejaron tal otra por hacer? ¿Cómo se les ocurrió publicar tal obra? ¿Qué intención les guiaba al titular de aquel modo?...

No imagino mejor paraíso para un lector inquieto que uno construido de palabras.

La carrera de Rafael Conte fue una defensa contundente de la palabra. Eso me conmueve hoy, en tiempos revueltos de relumbrones y grandes cifras. Él pudo haber sido un Harold Bloom español, el gran crítico estrella de nuestros papeles, ése que se ufana de hacer listas en las que consagra o envilece para siempre a unos y otros, el que se reserva siempre el papel estelar de la función, el que al final sale a saludar para que no olvidemos que es lo único que cuenta, lo único que importa. Rafael pudo haber sido inventor de polémicas, tertuliano radiofónico o  televisivo, predicador asomado a su púlpito. Desde luego, quienes le conocimos sabemos que agallas no le faltaban, como tampoco esa impertinencia simpática que algunos no soportaban de él. Pero eligió otra cosa. Eligió permanecer en su casa, rodeado de libros, leyendo tarde tras tarde, dedicado a esa pasión que sabía contagiar como nadie. Eligió las páginas de diversos suplementos —Informaciones, El Sol, Abc, El País—, de pelajes tan diversos que sólo cabe hacer de su paso por ellos una lectura igualmente hermosa: aquello de lo que Rafael escribía, aquello que le ocupaba, estaba por encima de ideologías y colores políticos. Otra soberana lección. Merodeó por otras disciplinas. El ensayo, el cuento literario, la antología crítica, la biografía novelada, las memorias… pero sospecho que ninguna de ellas le tentó lo bastante para insistir en ellas. Tal vez le distraían demasiado de la lectura. Lo que él quería era leer. Disfrutar. «Aunque no lo parezca, esto es un libro de amor», advirtió en la primera línea de sus memorias. Jamás olvidaré nuestras última conversación. «Ya ni siquiera leo», dijo. Y fue la única frase que me preocupó de verdad de todo lo que hablamos.

Sus memorias, con estos mimbres, son lo único que podían ser: la biografía de un lector irredento y voraz, que no tiene ningún reparo en confesar que comenzó leyendo El Coyote, de José Mallorquí, pero tuvo que abandonarlo porque «el ritmo de aparición de la colección (…), uno a la semana, era demasiado lento para mi velocidad lectora» y que se deleita en explicar cómo logró un permiso eclesiástico para leer, allá por los años cincuenta, la lista completa de libros prohibidos por la iglesia.

Rafael enseñó a leer a nuestro país. Tamizó, explicó, se entusiasmó. Pero, más importante todavía, difundió el papel fundamental de la literatura en nuestras vidas. Nos recordó una y otra vez que a través de los libros podemos construir y construirnos. Fue, en ese sentido, un humanista, un hombre de la Ilustración. «Lo único que me importa en la vida es la literatura y la ética», dejó escrito en sus memorias. Le imagino sentado a la mesa camilla profusamente adornada frente a sus escritores favoritos, añadiendo lo que entonces escribió y dejando a la concurrencia atónita: «la integración de todo lo demás en este sistema binario a través del cual siempre es posible en mi opinión acceder a una cierta trascendencia, que al final dará la medida de nuestro paso por la tierra si es que lo es y eso, que es todo, está todavía por demostrar, jamás podremos quitárnoslo de encima aunque no tengamos más remedio que intentarlo para afirmarlo o negarlo sin parar uno y otra vez todos los días».

Del mismo modo que en las diáfanas y desinfectadas bóvedas celestiales, sus palabras resonarán aquí abajo. Es lo bueno que tiene ser un maestro. Y haber  escrito.