Plinio
el Joven habla en sus cartas de un espectro que paseaba por las noches por
cierta casa de Atenas, atemorizando a todos sus habitantes con un extraño ruido
de cadenas. Al conocer esta historia, el propio autor recabó epistolarmente la
opinión de un amigo acerca de la creencia generalizada en los fantasmas,
preguntándole si creía en su existencia o si, por el contrario, es nuestro temor
el que los convoca.
En el fondo de esa pregunta de Plinio se adivina un cierto pudor a haberse
dejado atemorizar alguna vez por una historia sobrenatural. Lo cual no es
extraño, en un hombre maduro y culto como él. Otro hombre maduro y (muy) culto,
M. R. James, fue el padre del ghost tale tal y como lo conocemos hoy. M. R.
James, catedrático de latín y griego, traductor, estudioso de los clásicos, y
gran admirador de Joseph Sheridan Le Fanu —a quien antologó— reconocía escribir
historias de fantasmas para entretener a sus familiares durante las noches de
mal tiempo. Otra temporada de mal tiempo, la que azotó los alrededores del lago
Constanza en la primavera de 1718, llevó a Shelley y Byron a jugar a escribir
cuentos terroríficos. Para ellos el juego no arrojó grandes ganancias, pero sí
para sus acólitos —Mary, la esposa del primero y Polidori, el secretario de
Byron— quienes dieron vida nada menos que al primer vampiro literario y al
monstruo de Frankenstein.
He
aquí un entretenimiento muy común en aquellos tiempos sin televisión, cine ni
Internet: contar historias al calor de la lumbre. La literatura decimonónica
supo recoger bien la atmósfera de estas reuniones. Con una de ellas empieza,
entre otras muchas, Otra vuelta de tuerca, de otro James —Henry—, una de las
mejores historias de fantasmas jamás escritas.
¿Por qué ese gusto tan antiguo del ser humano por la literatura de terror? ¿Por
qué el género terrorífico parece gustar a todos, grandes y mayores, a pesar de
que, tanto en el cine como en la literatura, nos proporciona sensaciones
desagradables? ¿Por qué es un género que gusta en especial a los más jóvenes,
acaso más a los hombres que a las mujeres, y que por prudencia, por deseo
expreso de tranquilidad, algunos abandonan al llegar a una madurez?
Me gusta buscar respuestas a estos interrogantes en nuestras conductas innatas.
No me parece tan extraño que el gusto del ser humano por el terror tenga que ver
con nuestros métodos de aprendizaje, de superación de las dificultades e incluso
con la competitividad como método de supervivencia. De algún modo, tal vez nos
gusta el género de terror porque nos plantea retos. No sólo intelectuales —el
terror suele versar sobre cuestiones que nos obligan a cuestionarnos nuestras
creencias más profundas—, también otros más primarios. Hasta cierto punto, son
un rito de iniciación: no en vano al terror como género de ficción se accede con
una determinada edad por expresa voluntad de lo
s
padres, que tienden a proteger a sus cachorros demasiado vulnerables. Los
adolescentes convierten la visión de ciertas películas en ceremonias iniciáticas
y alardean frente al resto del grupo de haber sabido salir indemne de ciertas
escenas o de ciertas películas.
A los adultos, el terror nos sitúa cara a cara con nuestros propios fantasmas,
nos zarandea en muchos sentidos, y nos hace salir de su lectura con la sensación
de haber superado una prueba, pero también de ser más fuerte que antes, de estar
más seguro de algunas cosas. Los relatos inexplicables interesan a todo tipo de
público. Escucharlos, pero también contarlos. Sólo hay que hacer la prueba en
medio de una animada reunión de amigos: pedirles que cuenten sucesos
inexplicables reales, que hayan conocido por propia experiencia. El resultado de
este experimento es una de las razones por las que el género tiene el porvenir
asegurado.