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En esta foto, Teresa no tendría
más de 18 años
En su mesita de noche, junto
a su lecho de muerte, mi abuela Teresa tenía un libro de tapas raídas,
maltratadas por el mucho uso, en una edición rústica y barata, que tanto podía
ser ibérica de los años 20 como argentina de finales de nuestra guerra civil.
Era una novela rosa de ampuloso título: Felipe Derblay o la herrería de
Pont Avesnes, de un tal Jorge Ohnet, de cuya ausencia absoluta de
noticias deduzco que bien podría ser el seudónimo de un escritor meticuloso que
no quería empañar su nombre o su conciencia con alimenticias novelas rosas. El
libro en cuestión es la historia de un rico empresario metalúrgico enamorado de
una mujer también rica (que no le hace ni caso) quien, a su vez, ama en secreto
—en ese secreto inefable y apasionado de la literatura romántica— a un hombre
arruinado. Poco más sé de la novela, pero es fácil saber que la guapa y rica
terminará sus días con el pobre arruinado, a quien amará también de un modo
apasionado e inefable, venciendo cualquier conciencia de clase, y que era
precisamente eso lo que tanto gustaba a mi abuela cuando la leía una y otra vez.
Las ficciones —sabido es— nos interesan más cuanto más nos implican.
Teresa conocía bien las clases pudientes. Era hija de uno de
los hombres más ricos de su ciudad de provincias, cuya fortuna, cosechada en la
industria textil, alcanzaba a la familia para tener un servicio populoso, varios
coches de caballos y dar a las hijas una educación refinada al gusto de la
época. Teresa tenía la piel pálida de las señoritas de buena familia, y unos
ojazos de un azul deslumbrante que superaban modas y épocas. Las fotografías, ni
siquiera las más antiguas, aquellas en las que se la ve seria y lánguida como
correspondía, no le hacen justicia. Teresa era una mujer guapa. Lo fue toda su
vida. Tenía ochenta años y algunos de viuda cuando aún la rondaba un
pretendiente que vencía la artrosis para proponerle casi a diario una peliculera
fuga por mar a América. Sin embargo, Teresa siempre le dio calabazas: ya había
consumado todas las fugas de su vida.
Apenas superaba los veinte cuando se enamoró. El elegido, un
joven apuesto, mujeriego, tan enamorado como ella y tan bienintencionado como
pobre. Se llamaba Claudio. Era el lechero. Cierto vecino o cierta pariente les
sirvió de correo cuando ella intuyó la oposición de su familia. Hasta que las
palabras no bastaron, o tal vez les sobraban, y se hizo necesario dar un paso
más. Entonces Teresa topó con la oposición de los suyos. La leyenda negra de mi
bisabuela ha recordado el día en que le rompió a su hija mayor una tableta de
chocolate negro en la cara. Qué capricho, retener algo tan nimio, que sucedió en
cuestión de segundos hace ochenta años.
Teresa se marchó de casa. Algunos días en casa de Roseta, una
hermana de Claudio. Una boda en la intimidad, a la hora de los maitines, sin
invitados ni trajes ni azahar. En las fotos se les ve elegantes, circunspectos,
con un brillo especial en la mirada. La de mi abuela —no se aprecia— era azul
radiante, azul transparente, azul irrepetible. Un azul imposible de retener si
no fuera que, de vez en cuando, los genes familiares nos lo devuelven en la
tercera generación. Ojalá mi tercer hijo tenga la mirada nítida y valiente de
Teresa.
Esta otra corresponde a la época en que contrajo
matrimonio
Artículo aparecido en la revista El duende de Madrid,
número 44, mayo-junio 2004
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