La poetisa polaca Wislawa Szymborska,
premio Nobel desde 1996, califica como "la catástrofe" el galardón que la
convirtió en una mujer conocida en el mundo entero. Amante de su soledad, su
sencillez y las calles de la ciudad que la vio crecer -Cracovia-, ha logrado
mantener su estilo de vida a pesar de todo. Su poesía se caracteriza por la
ironía y la ausencia de solemnidad. En este artículo, la novelista Care Santos
aborda algunos de sus textos desde una mirada personal y también cargada de
lirismo.
1. LA CATÁSTROFE
Wislawa Szymborska llama “La catástrofe” al hecho de que le concedieran
el Premio Nobel en el año 1996. Lo hace en las entrevistas, cuando habla con la
prensa, con ese sentido del
humor que es marca de la casa. No es difícil imaginar por qué Szymborska llama
de ese modo al galardón más codiciado y prestigioso de la literatura mundial,
aquel que te convierte en sólo unas horas en un nombre conocido en todo el
planeta, que hace saltar de alegría a los agentes y brindar con champán francés
a los editores reunidos en Frankfurt, que revaloriza tu obra, multiplica las
traducciones y anima a miles de lectores a preguntar por ti a su librero. Sólo
hay que leer a la poetisa polaca para comprender que es una persona poco amiga
de este tipo de pantomimas de lo literario. Que no debe de disfrutar mucho en
las comparecencias públicas. Que debe de ser del tipo de personas que mira
esquinadamente cuando alguien le prodiga elogios, que nunca sabe qué responder a
los halagos desmedidos, que casi prefiere que la ataquen a que la alaben
largamente.
Once años después del
catastrófico reconocimiento, Wislawa Szymbosrska sigue viviendo en un piso
pequeño de un barrio periférico de Cracovia. No viste mejor que antes, no se ha
desprendido de su rebeca, no se ha teñido el pelo. No utiliza palabras
altisonantes. No escribe más que antes. Apenas concede entrevistas. Sale a
pasear por la nieve, regresa a casa, hace collages, medita acerca de las otras
catástrofes del mundo, dedica un poema a dos personas suspendidas en el aire en
su caída libre desde las torres gemelas. Apenas viaja. Apenas ejerce de Premio
Nobel. Apenas ejerce de nada. No es de extrañar que le moleste tratar con
editores, con agentes, con subagentes. Seguro que ha delegado todas estas
desagradables cuestiones a terceros, para así poder dedicarse a sus collages y a
sus paseos. Wislawa Szymborska no va a cambiar nunca y sus fieles se lo
agradecemos. Sólo los espíritus realmente fuertes resisten la acometida de un
éxito semejante.
Hace poco, asistí a un
interesante debate acerca del éxito en literatura. ¿Qué supone, para un autor,
el éxito? ¿Qué cosa es —comencemos por ahí— lo que llamamos éxito? ¿Para qué
sirve? ¿Contra qué inmuniza? ¿Qué secuelas deja? ¿Qué trae en las alforjas? Una
de las partes del debate tenía enormes prejuicios acerca de la literatura que
consigue lectores por miles (la literatura que triunfa) y atacaba a los autores
que defienden la dignidad de cobrar por su trabajo mientras se vanagloriaba de
no hacerlo y de ser, por ello mismo, más escritor. La otra parte reclamaba el
derecho a ser ambicioso: deseaba seducir a la mayor cantidad de lectores
posible, cuantos más mejor, sin límite. Rebasar fronteras, conocer otras leguas
del caos de Babel, seducir al vecino y al que habita las antípodas con las
mismas armas de la emoción.
Me acordé de Wislawa
Szymborska y sus paseos por Cracovia. Pensé que salió indemne de la catástrofe y
me valió como ejemplo: hay que protegerse, pasear, meditar, estar en silencio,
observar cómo nieva, pisar la nieve recién caída y escuchar su crujido. Hay que
luchar con todas las fuerzas contra la banalización, la prisa, el vodevil
editorial. Mantenerse escritor, el del primer día, el que no sabía a qué se
enfrentaba, aquel al que emocionaban las palabras por sí mismas y no por sus
consecuencias. Hay que protegerse del que nos lee con excesiva benevolencia y
del que no nos lee en absoluto. Hay que tener claro que nos dedicamos a algo que
sólo sirve para hacer el mundo más soportable. Por eso, sobre todo, es necesario
escribir.
Qué ocurra luego con lo que
escribimos, qué puertas derribe, a quién seduzca, qué fronteras rebase, no es de
nuestra incumbencia. La catástrofe, cuanto más lejos de nosotros, mejor.
2. LAS PUERTAS DEL AZAR
La
hermana de Wislawa Szymborska —desconozco su nombre, aunque quisiera saberlo— no
escribe poemas. Cocina sopas deliciosas y escribe postales desde sus destinos
vacacionales. En sus postales, la hermana de Wislawa, escribe —imagino la
caligrafía cuidada, la tinta negra que alguna lluvia se encargó de desleír por
el camino…— un mismo mensaje atemporal, esperanzador, una invitación en futuro:
«Cuando vuelva te lo contaré todo, todo, todo».
Hay dos tipos de escritores:
aquellos que escriben lo que ven —todo, todo, todo— y aquellos que escriben lo
que sienten. Szymborska pertenece a los segundos, por eso, sospecho, agradece
tener una hermana infiltrada en el clan de los otros, los que van y vienen, los
que ven mundo, los que escriben postales, los que regresan para contarlo todo.
En su poema La estación de
ferrocarril, Saymborska rememora un viaje nunca realizado: «Mi no llegada a
la ciudad de N / tuvo lugar puntualmente», dice. El poema tiene que ver con un
viaje, pero no con el que se nos apunta en la primera línea. Se trata de un
periplo mucho más importante, regido por las sempiternas normas del azar que
gobiernan nuestras vidas. El poema al que me refiero tiene que ver con el viaje
de la existencia, aquel que discurre siempre «en el paraíso perdido / de la
probabilidad». Ah, el azar.
Me gusta los libros que
evocan otros, tal vez lejanos en el tiempo o en el espacio, pero muy próximos en
sensibilidad, en focalización de la mirada. Cuando imagino el escenario de La
estación de ferrocarril de Wislawa Szymborska y leo este verso: «Entre la
muchedumbre se dirigió a la salida / la ausencia de mi persona», no puedo evitar
—ni creo que ningún lector pueda— evocar a ese gran escritor del azar que es
Paul Auster, y a una escena de Ciudad de cristal, la primera novela de la
Trilogía de Nueva York en la cual hay también una estación de ferrocarril
y un azar. Hay allí un desdoblamiento de personajes, un juego de dobles, una
elección tan absurda como todas las que deben tomarse en la vida, y un paseo
frenético por una estación atestada de gente. Casi podríamos decir que en los
vasos comunicantes de la literatura, este poema de Szymborska se equilibra con
aquel relato de Auster. Y de hecho, ocurre algo similar en los versos de la
polaca, cuando afirma que también ella fue sustituida —todos somos sustitubles,
es duro aprenderlo, como todos somos suplentes de alguien—: «Varias mujeres me
sustituyeron / rápidamente / en aquella prisa».
También hay algo de la
estación de El guardagujas, el relato del mexicano Juan José Arreola, en
estos andenes trazados por Szymborska. «La estación de la ciudad de N / pasó
bien el examen / de la existencia objetiva», afirma la poetisa. Lo mismo estaría
en disposición de afirmar Arreola en aquel relato suyo, inspirado a su vez en
otro de Charles Dickens llamado El guardavías. Alguien llega a una
estación. La estación existe. Objetivamente, quiero decir. Pero todo es un
decorado, un truco: no hay estación, no hay guardavías, ni siquiera hay viaje.
Sin embargo, la no-llegada tiene lugar, también en aquella ocasión,
puntualmente, como sucede en el poema de Szymborska.
Parece evidente, ¿no?: la
literatura es el viaje. De Szymborska a Auster y de él a Arreola y a Dickens.
Una vuelta intertextual por varios continentes con sólo pasar unas páginas. Todo
ocurre «fuera del alcance / de nuestra presencia». Lo cual de ningún modo
significa que no ocurra. Ocurre, maravillosamente, «en el paraíso perdido de la
probabilidad».
3. WISLAWA ELOGIA A SU
HERMANA
Me parece entender que en los bolsos de Wislawa se acumulan los papeles
con versos garabateados. Que en sus cajones descansan centenares de poemas
combustibles. Pienso que la poetisa debería quemarlos. Si tuviera con ella
alguna confianza, se lo diría: quema lo que no quisiste publicar, Wislawa,
líbrate de ello, olvídalo, entrégalo sin clemencia a la hoguera. Recuerda los
Cuadernos de Temuco, escritos cuando Neftalí Reyes estaba lejos de ser Pablo
Neruda. Acuérdate de la sofisticada Anaïs Nin, convertida para siempre en la
escritora procaz de unos diarios que nunca escribió para nadie, más que para sí
misma. Asústate ante el caso de Flaubert, autor con 20 años de una novela
mediocre que jamás quiso publicar, pero que sus editores dieron a la imprenta
treinta años después de su muerte, cuando el autor ni siquiera podía defenderse
con la memoria ajena.
La muerte no alcanza a los
escritores, es cierto, pero hay que saber mantener bajo control tal privilegio.
Tú misma lo has dicho, Wislawa: «Leemos las cartas de los difuntos como
impotentes dioses (…) Todo lo previsto por ellos salió de una manera totalmente
diferente». No todo puede dejarse a manos del azar. Anticípate, Wislawa: no
derrames café sobre tus versos durante las sobremesas. Tritúralos. No esperes a
que tu hermana regrese de ningún viaje para leerle los poemas desechados.
Regálale el último volumen publicado, fírmalo, sonríe orgullosa. Haz confetti
con el resto. Arrójalo sobre el suelo del patio de un colegio. Deja que cada
niño recoja dos, tres o hasta cuatro porciones diminutas de papel. Que se las
lleven a casa encerradas en sus diminutas manos. Sílabas prisioneras del futuro
del mundo. Así, por lo menos, si los versos logran reconstruirse, habría sido en
un acto de belleza sin igual.
Hay dos tipos de escritores:
los que cuentan lo que ven y los que cuentan lo que sienten. ¿Por qué tú,
Wislawa, eres de las segundas? No espero que sepas darme una respuesta. Tal vez
la clave la tenga tu hermana, la que viaja, la que lo cuenta todo-todo-todo, la
que siguiendo la tradición familiar jamás escribió un solo verso.
Acaso de pequeñas, las dos
hermanas compartíais habitación. De noche, debíais de escuchar estremecidas el
ruido de la lluvia. Tu hermana soñaba entonces con lugares a los que escapar,
lugares donde el sol brillara con fuerza. Tú, en cambio, imaginabas el camino a
la escuela del día siguiente. Lo sabías ya minado de grandes charcos. Se haría
muy difícil esquivarlos, estarían por todas partes. Te estremecía la idea de
rozar siquiera uno de ellos con la punta del zapato. Podías trastabillar y caer
al pozo sin fondo. Desde la superficie no se sabe cómo son de profundos esos
espejos negros que reflejan las nubes del cielo. Caerías y caerías, tragada por
las aguas, quién sabe en qué dirección. Y después, ¿qué? Después saldría el sol,
secaría las calles, borraría todo rastro de la tormenta. Pero tú continuarías
atrapada en el abismo. El charco comenzaría a secarse, a hacerse más pequeño, se
convertiría apenas en una mota de luz allá arriba, en la oscuridad absoluta de
tu encierro. Hasta que se cegara del todo y te dejara para siempre atrapada en
las tinieblas. Te cobijabas bajo las sábanas y se hacían las tinieblas a tu
alrededor.
* * *
Una noche, la niña
Wislawa se despierta en la oscuridad. Llueve en el patio y ella piensa en sus
temores sin fondo. Se levanta en silencio, tantea las tinieblas de la mesa hasta
dar con un papel y una pluma. Garabatea un verso. Escribe: «No todos los
accidentes siguen las reglas del mundo». Luego va al baño (ningún charco en el
pasillo), orina, regresa a la cama, esconde la cabeza bajo las sábanas, cierra
los ojos.
En ese instante, la niña Wislawa aprende que el miedo es la diferencia. Y que ya
es poeta.
4.
ELOGIO DE LA IGNORANCIA
Wislawa tiene una lista con preguntas cuyas respuestas nunca alcanzará a saber.
En su discurso durante el acto de entrega del Premio Nobel repitió más de una
docena de veces un mismo sintagma: «no sé». «No sabemos nada, eso es lo
fascinante. Las cosas que no se saben son, precisamente, las que convierten la
vida en algo fascinante», leo en una de sus escasas entrevistas. Repitamos,
pues, al unísono, el estribillo que Szymborska nos propone: No sé, no sé, no
sé...
Y escuchémosla recoger el premio catastrófico al compás de ese estribillo:
«La inspiración nace de un continuo “no sé” (…). Si Isaac Newton no se hubiera
dicho “no sé” las manzanas de su jardín podrían seguir cayendo como granizo y
él, en el mejor de los casos, sólo se hubiera inclinado para recogerlas y
comérselas. (…) También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse
perpetuamente “no sé”. Con cada verso intenta responder, pero en el momento que
pone el punto final le asaltan de nuevo las dudas y comienza a advertir que su
respuesta es temporal y nunca satisfactoria».
Los poemas de Szymborska están contagiados de ese “no sé” alumbrador. «La poesía
/ qué es la poesía», se pregunta de pronto, a los setenta años. Más de uno
esperaría que conociera de sobra la respuesta y que otorgara una respuesta
clara, precisa, justa, a una pregunta, en apariencia, tan sencilla. En lugar de
eso, Szymborska afirma: «Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro / como
a un oportuno pasamanos».
La duda lo llena casi todo en su poemario Fin y principio, el primero que
publicó tras el premio de la Academia Sueca. Hay poemas asentados sobre los
mismos cimientos de la duda, como Cálculo elegíaco, en el que la poeta se
plantea el sentido exacto de cada palabra y cada concepto a medida que los va
utilizando. Habla del destino de los muertos y se pregunta si hay destino para
ellos y si hay muertos en realidad. Todo el poema es una interrogación sin
respuesta posible. Todo el poema clama un silencioso «no sé» constante.
Merecería, en sí mismo, formar parte de la lista de preguntas sin respuesta de
su autora.
La lista, además, es mudable. Compleja. Efímera. «Tomé nota antes de dormirme /
de algunas preguntas. / Al despertarme / ya no pude leerlas», dicen sus versos.
Las dudas lo son por poco tiempo. ¿Por qué? ¿Acaso la vida da respuestas? ¿Acaso
hay respuesta para algo? Y si las hay, ¿podemos nosotros comprendelas?
No sé, no sé, parece decirnos Wislawa.
Foto 1: Retaguardia rusa / Foto 2: Tres cantores silenciosos.
© Care Santos.
Serie: Lugar de trabajo. Para la revista on-line El templo de las mil puertas
BIBLIOGRAFÍA CITADA
-Auster, Paul: Trilogía de Nueva York. Anagrama, Barcelona, 1997.
-Arreola, Juan José: Narrativa completa. Alfaguara, Madrid, 1997.
-Dickens, Charles: El guardavías. Valdemar, Madrid, 1997.
- Szymborska, Wislawa: Paisaje con grano de arena. Lumen, Barcelona, 1997
-Szymborska, Wislawa: El gran número. Fin y principio y otros poemas.
Hiparión, Madrid, 1998
-Szymborska, Wislawa: Poesía no completa, Fondo de Cultura Económica,
México, 2002.
-Szymborska, Wislawa: Instante. Igitur, Montblanc (Tarragona), 2004.
Wislawa Szymborska (Bnin,
Polonia, 1923), reside en Cracovia, ciudad a la que se trasladó de muy niña
junto con su familia. Su obra se caracteriza por la sencillez, la observación y
reflexión sobre mundo actual —al que en ocasiones se anticipa— y la fina ironía.
Sus primeras traducciones al español se publicaron después de que obtuviera el
Premio Nobel en 1996.