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Amor en verde
Un buen día, doña Carolina Lineros, Lina para los amigos, pintó la casa de verde. Las paredes de un verde acuoso y las ventanas de un verde ortiga. Los muebles del salón, estilo remordimiento, y los de la cocina, y los del estudio, y los de la salita, y las camas y el inodoro, todo, hasta el flexo de opositor olvidado en el baúl, lo pintó de verde. Finalizada la tarea, Lina se sentó en el centro del recibidor, en una silla estilo agonía, debajo de una lata de pintura, verde, por supuesto, que había colgado del gancho de la lámpara. Ató una cuerda al asa de la lata de pintura, que llevó hasta el pomo de la puerta. Cinco minutos antes de que su esposo, el doctor Enrique Bermudo, regresara del hospital, Lina se introdujo un embudo en la boca, inclinó la lata y comenzó a tragar la pintura que desde el techo le caía. Abrió la puerta Enrique Bermudo, tiró de la cuerda, y toda la pintura verde que quedaba en la lata cayó sobre la cabeza de Lina. Ya estaba muerta, pero consiguió hacer creer a su marido que él había sido el responsable. Llegó la policía, y los curiosos, y los primeros familiares. Enrique lloraba sobre la mesa de la cocina, manchado de verdes. El inspector le preguntó: —¿Tiene usted alguna de idea de por qué su mujer ha hecho esto? —No... -respondió Enrique Bermudo. Al secarse las lágrimas de los ojos se los pintó de verde, al igual que la frente, y los primeros pelos del flequillo. Frente a su mujer muerta y verde, viendo como la introducían en una bolsa de plástico, Enrique Bermudo recordó la última discusión, la noche anterior. Antes de marchar para la guardia, Lina histérica, borracha y despeinada, le gritó: —¡Hijoputa, te crees que no me sé de todos tus líos en el hospital, que te has tirado a todas las enfermeras de la segunda planta! ¡Lo sabe todo el mundo, y yo no soy tonta! ¡Ves una bata verde y te vuelves un pollaloca, aquí te pillo y aquí te mato! ¡Enrique, te lo advierto, vas a conseguir que el verde me mate, lo vas a conseguir, y no te exagero! Enrique Bermudo, más manchado, más verde, buscó al inspector que antes le había preguntado, y le dijo: —Señor inspector, deténgame, creo que yo la he matado.
De La novela de un novelista malaleche (DVD Ediciones, 1999)
Amor en rojo
Juan, aún cansado, y sudado, le dijo a Irene: —Creo que deberíamos intentar algo nuevo, no sé, probar otras experiencias que nos impidan caer en la rutina… Tras dos segundos de un silencio premeditado, Irene buscó —y encontró— con una mirada oblicua las manchas del mantel, el desorden de la cocina, los cristales en el suelo… —Yo creo que no corremos ese riesgo, que somos una pareja divertida, o ¿es que ya te has cansado de mí? Juan, tragó saliva, y se dejó hipnotizar, una vez más, por el esmalte de uñas de Irene. «Es tan verde como la hierba», pensó y calló. —Nunca me cansaré de ti… más bien, todo lo contrario. Tengo miedo de que tú lo hagas. Lo temo… Irene arqueó las cejas como una malvada institutriz suiza de cuento —animado de producción japonesa—. —Mientras me aguantes, no temas nada. —Lo aguantaré todo —dijo Juan. Mentía, el corazón le latía asustado, recordando otros momentos similares, cercanos en el tiempo. —¿Podrías aguantarlo hoy? –preguntó Irene, entregada de nuevo al juego. Juan tragó saliva, pero ya no se dejó hipnotizar por el esmalte verde hierba de sus uñas. —Creo que sí… -respondió sin convicción. Y jugaron de nuevo, hasta que ella dijo basta. Entonces, medio asfixiada, contenta, borracha de adrenalina, buscó —y encontró— con esa mirada oblicua las manchas del mantel, el desorden de la cocina, los cristales en el suelo y la sangre de Juan corriendo en dirección a la puerta. Decepcionada, abandonó el apartamento sin decir adiós. Y decidió no volver a utilizar ese verde para las uñas, ni ese corpiño de cuero que le escocía el pecho, ni unos cuchillos tan rudimentarios, ni un apartamento tan hortera. Y también decidió Sandra no volverse a llamar Irene, ni buscar a sus amantes en bares de carretera.
*El Día de Córdoba, 2001; El Giraldillo, 2002 Inédito El autor Salvador Gutiérrez Solís (Córdoba, 1968)). Es autor de casi una decena de títulos, entre los que destacan La novela de un novelista malaleche (DVD, 1999), Spin off (DVD), Más de cien bestias atrapadas en un punto (DVD, 2003), entre otras. Ha sido incluido en más de una decena de antologías. En la actualidad, es colaborador habitual de los diarios del grupo Joly (Diario de Sevilla, El Día de Córdoba, Cádiz Información, etc). Ha obtenido diversos premios, entre ellos el de novela de la Diputación de Córdoba (2001) o el Juan Valera de novela corta (1997). Para saber más de él: www.casadosolis.com |