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El estrecho

 

Desde el puerto de Pelayo, hay dos o tres días al año, cuando la luz del verano aún no calienta el agua y el viento es de poniente, en que puede verse el Estrecho extendido como una postal panorámica. De hecho, hay allí un mirador donde se puede comprar esa misma postal, lo que hace más incomprensible el comportamiento humano que ahora cuento. Esos días, decenas de personas suben al mirador para poder darle una utilidad a sus cámaras panorámicas. Como siempre, hay quien piensa que el paisaje no es suficiente para lo que cuestan carrete y revelado, y se llevan consigo familiares diversos, generalmente niños, que colocan sobre el muro del precipicio. A medida que van disparando sus fotos, desplazan a las criaturas sobre el muro de forma que, luego, aparezcan envidiables efectos familiares de cara de niño sobre Ceuta o de un barco de contenedores encerrado entre las pantorrillas de la propia hija, como si de otro de sus juegos en la bañera se tratara. Otros fotógrafos, los del paisaje puro, detestan profundamente la utilización de niños y no desperdician la ocasión de hacerles notar a los otros el desprecio que les tienen, metiéndose continuamente en sus encuadres. Cuando les arruinan una foto, se les escapa un vagido de recién nacido y un cortés movimiento de cabeza que los expía de toda culpa. Éstos, los puros, son fáciles de identificar por la aparatosidad de sus equipos y por encontrártelos en el sitio, vayas a la hora que vayas, pues nadie madruga tanto como ellos ni hace tanta ocupación del territorio. Naturalmente, ningún fotógrafo con niño respeta un reparto del terreno basado en el yo lo vi antes y coloca a su vástago en medio de la foto del otro, con la misma soltura con la que los puros desplazan el trípode, lo que ocasiona no pocas discusiones. Algunos hacen fotografías realmente buenas. Siempre de técnica mixta: fotos con niño y desconocidos o fotos de gran paisaje con trozo de niño. La panorámica da mucha perspectiva. Una línea delgada de tierra de aquí, luego la cañería de agua con sus palillos flotantes y, enfrente, levantándose sobre la costa africana, la mole del Atlas, como un decorado de cartón piedra. En las fotos parece mismamente eso, que allí no viviera nadie.

  

El autor

Manuel J. Ruiz Torres nació en Algeciras en 1959. Es autor de los libros de poesía Cartas a Clara Schumann (Cuadernos del Mar, Valencia, 1981) y Sonata/adioses (Ed. Alba, Algeciras, 1987). Como narrador ha publicado la novela corta Fara, el galeote (FMC Algeciras, 1996) y tres libros de relatos: Atributos masculinos (Col. Calembé, FMC Cádiz, 1998), Foto en la Luna (Ed. Algaida, 2003) y La cuerda floja (Col. Fuentenueva, FMC Algeciras, 2004). Está incluido en diversas antologías y recopilaciones de relatos.