Inicio    |     Biblioteca de amigos   |    Rubén Castillo

 

1.

El joven escritor, que soñaba voluptuosamente con redactar una obra maestra y obtener con ella el reconocimiento inevitable que, a todas luces, habría de llegarle desde los mundos divergentes, pero complementarios, de la crítica y de los lectores, por la bondad del argumento, el firme trazado de los personajes, la soltura elegante de su léxico y la música —ah, la música— de su bien templada sintaxis, aprendida esta última en sus largas lecturas de Ramón Pérez de Ayala y otros próceres inmarcesibles del bien contar y la escansión sublime, que muchos aprendices de su misma edad desdeñaban como resultado de su ignara sordera literaria, comprendió con nitidez que, en cuanto lograse pulir su leve tendencia a la premiosidad y al uso de las subordinadas en sus párrafos, lo lograría.

2.

Cuando rescaté la cruz esvástica de su secular olvido y la volví emblema de nuestro escudo, no pocas fueron las carcajadas que suscité.

Cuando elegí el saludo romano como marca distintiva de los afiliados, muchos se burlaron también de mi decisión, reputándola de histriónica.

Cuando dije que arrasaríamos a nuestros rivales sin ningún tipo de piedad, nadie me creyó. O fingieron no hacerlo.

Pero el día en que decidí bordar las iniciales SS en las camisetas de los jugadores, el presidente del club me llamó a su despacho y, tras aconsejarme que moderara mi ignorancia leyendo algunos libros de Historia, rescindió mi contrato como entrenador de fútbol del San Senén.

 3.

No son dos, ni tres, ni cuatro: son centenares. Centenares de personas a mi alrededor todos los días, en este lugar donde trabajo. Y ninguno ha tenido jamás la delicadeza o la educación de saludarme, de preguntarme mi nombre, de interesarse por mi familia. Da igual que sean mujeres u hombres, jóvenes o ancianos. Me cruzo con ellos, inclino la cabeza para tratar de cosechar alguna sonrisa, y nada. Como si fuera de cristal. Me ignoran con un desprecio que no he hecho nada para merecer. Llevo cinco años trabajando a su lado y continúan mostrándose tan estúpidos y tan distantes como el primer día. Lo he hablado con Angelines y ella opina que no debo darle tanta importancia al asunto. Que quizá en esta parte del país la gente sea más fría que en el resto de sitios donde hemos estado, y que probablemente se comportan así con todo el mundo. Pero a mí no me vale esa consideración. No me siento cómodo trabajando en un sitio donde nadie me saluda ni se molesta en conocerme. Por eso he decidido acabar. El día 30, cuando el jefe me entregue el sobre con la paga, le comunicaré que dejo mi puesto como vigilante del cementerio.

 4.

El profesor de Escritura Creativa había sido tan conceptista como sádico: se limitó a escribir en la pizarra el sintagma La luna llena de abril, y luego les dijo que, para la próxima sesión, todas las personas matriculadas en el curso debían confeccionar un poema con ese título. Hubo protestas entre el alumnado (un funcionario de Correos, un estudiante de Económicas, una secretaria de dirección, dos jubilados y cinco amas de casa), pero el profesor fue inflexible. Estaban allí para aprender a escribir, no para quejarse con cada complicación que les ponía ante los ojos.

Ignacio, el estudiante, no había protestado. Para qué. Con ese tema, o con cualquier otro, fracasaría en su intento. Lo tenía claro. Él no estaba hecho para la literatura, aunque Ángela se empeñase en que tenía talento, y por eso lo había obligado a que se matriculase. Ya ves tú. Talento. Porque había ganado un segundo premio de redacción cuando estaba en el instituto. Menuda cosa.

Pero esa misma noche, mientras estudiaba un artículo de Paul Krugman, una revelación vino a asaltarle. Miró el título del poema y sonrió, justo antes de ponerse ante el teclado.

Una semana después, el profesor se encontró entre los trabajos entregados un ejercicio de laconismo que, bajo el título de Poesía en coma, rezaba así: “La luna, llena de abril”.

 5.

Giacomo Casanova apartó las tenues cortinas de seda que hurtaban su cama de las miradas indiscretas de la servidumbre, apoyó las plantas de los pies en la mullida alfombra persa que le regaló el sultán de Tabriz y, tras avanzar unos pasos, dejó que su vista se perdiera al otro lado de los ventanales. Junio le regalaba uno de los mejores amaneceres del año, y el inexhausto amante notó en su rostro la caricia del sol. Dos hermosas mujeres, de curvas infinitas y bocas insaciables, quedaban dormidas en el lecho, y un alboroto de sábanas y olores mezclados (amén de un extenso catálogo de gemidos y suspiros, que aún resonaban en su memoria) daban fe de la tormentosa y placentera noche que la aurora acababa de desbaratar. Una sonrisa humedeció su rostro, y se sintió autorizado para corregir el dictamen de su admirado Descartes: “Coito, ergo sum”.

El autor

Rubén Castillo (Murcia, 1966). Licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua Castellana y Literatura en Enseñanza Secundaria. Ha ejercido la crítica de libros en periódicos y blogs, así como en dos docenas de revistas nacionales y extranjeras. Durante catorce años ha sido articulista semanal en la prensa murciana. Como escritor, ha obtenido premios de novela corta (premio Gabriel Sijé en 1989, premio Ateneo de Valladolid en 1991) y de cuento (Ciudad de Mula, Encarna León, José Calderón Escalada, Gerald Brenan, etc). Tiene publicados los siguientes libros: Reina María (novela corta, 1990), La mujer de la mecedora (novela, 1992), Imágenes prohibidas de la Biblia (cuentos, 1997), Las grietas del infierno (novela, 2002), Palabras en el tiempo (ensayo, 2002), Verdades parciales (artículos, 2003), La voz de los otros (ensayo, 2006), Hegel en el tranvía (cuentos, 2008), Ventanas de papel (reseñas literarias, 2010) y La cueva de las profecías (novela juvenil, 2010).