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Caribe

 

     Tardó en darse cuenta de que el paisaje tropical que había recogido en el buzón no era propaganda de una agencia de viajes sino una tarjeta que le enviaba alguien desde aquel rincón del mundo. Sobre la foto de las inevitables palmeras y unas lenguas de mar estaba grabada la palabra «Cahuita». Qué casualidad. Ella, dentro de cuatro horas, cogería el avión que tenía que llevarla a Costa Rica. Examinó los sellos exóticos, trató de descifrar la firma y tardó un rato en darse cuenta de que era la letra de Jorge.
    Jorge.
    Se le aceleró el corazón y tuvo que sentarse.
    Su primer impulso fue contestarle inmediatamente. Por la fecha del matasellos (de hacía tres semanas) él ya tenía que estar de vuelta en Madrid. En un cajón guardaba varias postales con las que felicitaba los cumpleaños de sus amistades y escogió la que le parecía más bonita: un dibujo japonés con un arroyo, la sombra de un árbol y un sol rojo. Se aplicó en hacer su mejor caligrafía.
    Querido Jorge, tu postal me llega justo cuando espero a Pedro para ir al aeropuerto y marchar hacia Cahuita. No hemos coincidido allí por muy poco, ¿te das cuenta? Eres la última persona a la que escribo antes de salir: estoy cerrando las maletas (ya sabes que lo dejo todo para el último minuto). Cuando recibas esta postal yo estaré ya en el Caribe. Besos. Ana
   
Pero no llegó a pegar ningún sello ni a escribir la dirección. Al releer sus líneas decidió que no la iba a mandar. Ahora estaba un poco rabiosa por la alegría que había sentido al descifrar el garabato de la firma. Era como si sus sentimientos hubieran traicionado el pacto de frialdad y olvido que había hecho consigo misma y que hasta aquel momento había cumplido: Jorge había estado completamente desterrado de su memoria. Pero hoy la había sorprendido por donde menos lo esperaba: a pesar de haber vivido juntos tantos meses, nunca le había visto escribir a mano y, desde luego, jamás le había enviado una postal desde ningún sitio, entre otras cosas porque siempre estaban juntos. La única razón que le tentaba para responderle era poder poner la palabra «Pedro», pero sabía que a Jorge le daría igual, que no sentiría celos sino, como mucho, curiosidad, y esto era lo peor: querría conocerle, se caerían bien y ella se convertiría en el objeto de sus ironías y bromas, podía verlo. Reparó también en que la expresión “eres la última persona a la que escribo antes de salir” tenía unas connotaciones fúnebres (parecía una despedida definitiva) y, también, demasiado cariñosas. Imaginó un accidente de avión y calculó lo que sentiría Jorge al recibir una postal así, de alguien que ya había muerto. Le dolería en el alma, lloraría, etc., y no quería seguir pensando en esto porque se estaba conmoviendo de manera absurda, mezclando su miedo enfermizo a volar y sus sentimientos (no menos morbosos) hacia Jorge. Decidió que él no merecía ser el destinatario de sus últimas líneas, que se estaba deprimiendo de la forma más tonta posible y que se le echaba el tiempo encima: tenía el equipaje a medio hacer, montones de ropa y objetos desperdigados por el salón, esperando su turno para ser digeridos en los vientres negros de las maletas, que parecían babosas devorando sus vestidos de colores. Pero tenía ya la desazón instalada en el cuerpo, se acordaba una y otra vez de Jorge y pensó que la vida le daba poco, que la trataba mal, que estaba muy sola. Se echó a llorar y esto fue lo que la llenó de indignación, ¿qué forma era esa de empezar las vacaciones?
    Nada, no había manera. Vaya llantina.
    Tan a lo tonto.
    Se sobresaltó cuando sonó el timbre. Era Pedro, que no encontraba sitio para aparcar y que bajara en seguida, que la esperaba con el coche en marcha.
    Ana echó la ropa a paladas y cerró como pudo las maletas, atrancó con la llave la casa y, en el espejo del ascensor, se limpió los ojos con un pañuelo de papel.
    «Vaya forma de empezar las vacaciones», volvió a pensar con rabia.

 

El autor

Óscar Esquivias nació en Burgos el 28 de junio de 1972. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Burgos. Dirigió las revistas de creación literaria Calamar y El mono de la tinta, ambas en su ciudad natal. Sus relatos merecieron el premio Letras Jóvenes de Castilla y León en 1990, 1995 y 1997. Recibió el premio Arte Joven de la Comunidad de Madrid en 1999 por su primera novela, Jerjes conquista el mar (Visor, 2000). Recibió también el premio Ateneo Joven de Sevilla del año 2000 por su novela El suelo bendito (Algaida, 2001). Es autor de la novela para jóvenes Huye de mí, rubio (Edelvives, 2002) y de la novela Inquietud en el paraíso (Ediciones del Viento, 2005), primera parte de una trilogía, que recientemente le ha hecho merecedor del Premio de la Crítica de Castilla y León. Asimismo, es autor de numerosos relatos, publicados en revistas españolas y latinoamericanas y colaborador habitual de algunos medios de comunicación.