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El único paraíso recobrable de todos los que vieron pasar mi infancia y mi adolescencia es una playa de Malgrat en la que tuve noticia de las historias más fabulosas que mi imaginación conserva. La playa ni siquiera es de esas interminables, vegetales, de arenas blancuzcas y desiertas, sino más bien gris, camaleónica por culpa de las tormentas del invierno, que le ponen y le quitan espigones, la adelgazan, la alargan o truncan su orografía hasta volverla imposible. Mi playa suele estar llena de esa clase de turistas enrojecidos y entraditos en carnes que nunca aciertan a echar sus desperdicios a las papeleras y que pernoctan junto a sus ajadas compañías de viaje en los hoteles colindantes, muchos de los cuales, por cierto, no estaban ahí mientras mi infancia y mi juventud pasaban.

            Aquella franja de arena robada a las inclemencias del tiempo fue durante años el espacio de muchos acontecimientos fabulosos: los descubrimientos sorprendentes de una infancia llena de conchas marinas y barquitas hinchables; la abrupta coreografía de los primeros juegos en grupo, en esa edad en que los niños eran para nosotras unos salvajes incomprensibles a los que jamás dejábamos acceder a nuestro ordenado mundo; los primeros misterios insondables: el patín del señor Manuel volcando en alta mar, la ballena muerta y podrida que las olas arrastraron hasta la orilla, los viejos muebles apolillados de la casa abandonada entre el pinar (en todas las infancias debería haber una casa abandonada que espoleara los fantasmas de la imaginación); y aquellos otros jeroglíficos de los cuerpos escondidos bajo las ropas, que fuimos descubriendo de noche sobre la misma arena, ya fría, en la turbiedad de la primera adolescencia. Pero lo que motiva estos recuerdos no es nada de eso, sino todas esas horas escapadas de los relojes en que sobre aquella arena todo era posible con sólo abrir las páginas de un libro.

            Con el tiempo, la sombra titánica de uno de esos edificios destinados al tráfico de turistas empezó a determinar la hora de mi retirada. Cuando el sol se escondía tras su silueta, yo sabía llegado el momento de replegar mis pocos bártulos y echar a andar algunos metros, hasta las dimensiones reducidas de una piscina donde el sol remoloneaba esquivando las líneas quebradizas de las baldosas. En esa otra soledad, vigilada por un rótulo de “propiedad privada” y por los ojos siempre presentes en todos los balcones, acababan todas mis tardes de verano, que aún conservo en la memoria de lo que aún no se ha perdido porque sigue sucediendo: el olor a salitre de un mar testimonial, el agudo quejido de las gaviotas desoladas ante la ausencia de pesca (se fueron junto con la arena que arrastró la tormenta), el chillerío metálico de los niños que año tras año vivirán mi misma infancia; el amarillo casi ocre del sol de la tarde que juega a esconderse tras los edificios antes de derrumbarse tras las montañas del oeste.

Nunca me faltó compañía en mi escenario. Era una compañía excluyente, posesiva: La de las historias que sucedían en las páginas de aquellos libros escogidos cuidadosamente para leer en mi playa, tras abandonar los aburridos —aborrecidos— tomos de derecho y con ellos —qué dicha— la lectura necesaria que, paradójicamente, con el tiempo se reveló como la más inútil de todas. Leer por gusto, porque sí, porque las palabras con que se urden las historias te reclaman. Leer durante tardes enteras, sin compromisos, sin toque de queda, sin mala conciencia. Leer sobre la arena de una playa que poco a poco va despoblándose, y luego sobre el suelo resquebrajado y privado junto a mi piscina, hasta que empezaba a hacerse de noche y hacían su aparición las madres reclamando a sus niños más pequeños para la cena, y de pronto levantaba la vista por encima del horizonte del papel y descubría que el sol ya apenas alumbraba, y que estaba anocheciendo también sin remedio en mi página.

Y, mientras, entre mis manos, Emma Bovary meditaba sus tribulaciones frente a un plato de sopa humeante que no quería catar; o los dos hermanos Nilsen enterraban a la mujer de la que ambos se habían enamorado y junto a su tumba sellaban el pacto de olvido que habría de mantenerlos unidos de por vida; o Bartleby obedecía a esa inercia obtusa e inevitable del que lo hace todo sin convicción; o Florentino Ariza de pronto se miraba al espejo para descubrir que un hombre sabe que está envejeciendo cuando empieza a parecerse a su padre; o un escarabajo despertaba de pronto en la habitación de un señor llamado Samsa y se preguntaba qué le habría pasado durante la noche anterior, o el coronel sin corresponsales pronunciaba aquellas dos sílabas: Mierda, antes de que yo me quedara sin lectura.

Poco a poco he ido descubriendo que la vida se parece mucho a aquella playa. Habitamos un lugar que el tiempo y las tormentas se encargan de estragar. Estamos acompañados, pero la mayoría de la gente que nos rodea son tan extraños y tan indeseables como aquellos turistas que lo ensuciaban todo a su paso. La verdadera compañía, la perdurable, se vende muy cara. Oímos de fondo el rumor de certezas insondables que no siempre carecen de importancia, pero casi nunca las reconocemos más que como bandas sonoras, meros acompañamientos a nuestro existir. También las cosas van cambiando, y se renuevan, y se convierten en otras muy distintas a las originales, pero nosotros seguimos empecinándonos en pensar que habitamos el mismo lugar y que todo es, como nosotros, inmutable. Y, en suma, hasta la luz del sol sigue su curso, haciendo crecer las sombras cada noche hasta perderlas en un horizonte que a otros les parecerá el punto de partida. Lo primordial de la existencia sucede en voz baja, dentro de nosotros. O lo esencial es invisible a los ojos. Todo eso lo aprendí en los libros, por descontado, y desde entonces lo voy aplicando a la vida a medida que el paso de los años llena mi existencia de trampas o de simples desniveles del terreno.

También he aprendido que no tengo otro hogar más verdadero que aquellas páginas que conocí por vez primera en mi playa, las del mismo mar de todos los veranos (el mar, es sabido, como todos los paisajes, es un estado del alma), la de nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos, porque ya somos todo lo que odiábamos con veinte años. Y que nadie está sobrado de paraísos, aquello que es imposible afrontar sin terror, pero a la vez tan necesario para nuestra subsistencia. Mi paraíso sigue habitando en aquel fragmento de mundo que las inclemencias del tiempo mutan año tras año, aunque en mi recuerdo permanezca inalterado por los siglos de los siglos. Sigue existiendo, pues, mi fragmento de playa, mi arena tibia, mis turistas que tanto acompañan con sus ronquidos, la prisa del sol y las siluetas de los gigantes pétreos. Y todo ello sigue a la vez habitando en el dolor inmutable de Emma Bovary, la crueldad constante de los Nielsen frente a la luna, el mutismo inalterado de Bartleby, el enamoramiento perenne de Florentino Ariza y tantos otros lugares comunes de mi vida. Por eso cuando sucede que me canso de ser hombre (disculpen quienes creen en el lenguaje sexuado, así es la cita) regreso al único paraíso que conozco. El único lugar donde las cosas suceden por alguna razón y tienen algún sentido. El único del que no me basta el recuerdo, porque el recuerdo nunca basta cuando aún queda tiempo. El único lugar donde jamás me siento sola. El único del que quisiera no tener que irme para no tener que regresar.

Gracias a eso, mi soledad está tan concurrida como el lector avispado habrá percibido: Esther Tusquets, Pablo Neruda, Jorge Guillén, José Emilio Pacheco, Rosario Castellanos, Luis Cernuda, Xosé Saramago, Saint-Exupèry o tantos otros. Y cada vez que los releo recobro el paraíso.

 

Texto publicado en la revista Mercurio, Sevilla, julio 2002