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La primera vez que vi a Care Santos era por la mañana. Una media mañana mitad en serio, mitad en broma: nos habíamos reunido unas cuantas personas, todas mujeres, para promocionar una colección de libros comerciales que simplemente no lo eran.

    Y en cambio el punto de reunión era precioso; sobretodo si llevabas tiempo viviendo fuera de Barcelona, y el imperativo encantador se te había vuelto ligeramente ajeno. Más que la incesante gama de chocolates inteligentes, a la abajo firmante la conmovió el sitio. Atención, podría escribir el espacio, pero de verdad que yo no soy así. Por eso escribo el sitio.

    Digamos que aquel cónclave femenino-literario podía quedar en una interesante intersección entre los Diez Negritos de Agatha Christie, La perla, de Yukio Mishima y La casa de Bernarda Alba, de García Lorca. Yo me saturé enseguida, lo admito, y puse el piloto automático. Que en mi caso consiste en: levantar una muralla china de histrionismo alrededor de todo mi perímetro, mientras intramuros me sumerjo en la intimidad más lánguida y más zen. Y me dedico a sacar hermosas conclusiones de todo.

    Por ejemplo, pensé: estar aquí es como que te enseñen de arriba abajo una casa grande, repleta de habitaciones. Sabes desde el primer momento, desde que cruzaste el umbral horrible, que nunca vas a comprar una casa así. Pero ellos te la siguen enseñando metro a metro, palmo a palmo, y tú no opones resistencia. En realidad, demoras y demoras el aviso de que es inútil intentar venderte nada... Y no lo dices, porque no quieres que dejen de enseñarte la casa.

    ¿Y eso? Pues porque te gustan algunas habitaciones. La casa, no; entera, te deprime a fondo. Pero hay rincones y hay ángulos, hay particulares modos de enfocar una escalera, que...te agradan.

    Care Santos era una de esas habitaciones que eran de mi agrado.

    ¿Por qué, de buenas a primeras? Misterio. O no tanto: recién parida, ni siquiera eso acababa de hacerla de este mundo. Estaba en él con una especie de ferocidad asustadiza. Parecía vacilar al borde de sí misma. Así de buenas a primeras, me pareció que tenía ojos de escritora que dudaba entre dar mucho miedo y ser amable.

    Luego la leí.

    Lo de La Ira me dejó educadamente indiferente. Aprecié que tenía cultura y, sobre todo, que sabía qué hacer con ella. Aprecié ironía. Aprecié otra vez esa enormidad de cautela. Ese probable esconder tormentosos puntos de vista bajo una mesa de trabajo astutamente ordenada.

    Lo de Ara o mai ya me involucró más. Ahí sospeché que la astucia narrativa tomaba decidido cuerpo (lo cual me agradó y acaso acomplejó, dada mi peligrosa tendencia personal a narrar en torbellino y esperar que la coherencia surja por la gracia de dios), que los personajes eran tratados con mano cariñosa pero firme, apta para hacerlos mayorcitos y de provecho.

    Y, sobretodo, me fascinó comprobar que no me había equivocado con Care Santos: ahí estaba la flor de lis inequívoca. El latido espectacular de la mala leche.

    Más tarde sobrevino la intemperie.

    Fue reconfortante saltar de una lengua a otra como cambiarse de un tren en marcha a otro tren en marcha, y no perder pie. Pensé: eso es que hay voz, no sólo palabras.

    Me leí toda la intemperie de Care Santos de arriba abajo.

    Recuerdo dos cosas que no me gustaron:

    a) los intentos de construir voces masculinas me parecieron fallidos, poco convincentes.

    b) eché de menos cierto acolchado filosófico, que los personajes pensaran un poco más

    Pero nada de eso impidió que el libro cuajara dentro de mí, y me pasara con él lo que suele sucederme con las películas que me impresionan: que me paso semanas, meses, recordando escenas, fragmentos, que mi subconsciente me devuelve de improviso y de repente, como los restos de un naufragio al revés.

    He pasado semanas «viendo», como Clara, cuando menos me lo esperaba... De pronto la veía a ella misma, a Clara, arder mientras dice «bonitas, bonitas, bonitas». Y la cara de Evelyn cuando descubre que ha tallado cristal y no hielo.

    Sobretodo veía el vuelo rasante sobre el bosque de abedules.

    Recuerdo haber pensado: qué lista es Care Santos, qué bien anuda idas y venidas, cómo incuba la estructura, parece que cargue amorosamente un arma.

    Pero eso no me pareció lo esencial, lo que tira del libro, lo que hace que de pronto te asalte una línea, una imagen. Lo que hace que el libro cale y perdure más allá de sus insuficiencias juveniles o defectos objetivos.

    Es la pasión. No la mera intensidad o desparrame, sino la pasión como vía de conocer y desentrañar. El escritor-actor, argumenta el tal Montesinos... vale, sí, pero incluso dentro de eso caben grados, está el actor-actor y el actor demiurgo.

    Yo creo que Care Santos va más allá de escribir como una actriz que vive ardorosamente sus personajes. Creo que esa escalada térmica pasa de ser algo más que un «mero recurso insólito»... Yo creo que Care Santos se lanzó a escribir esto con una franqueza pasmosa, exponiendo desde el principio su método: las visiones de Clara. Care escribe y «ve», se abre en canal a la escritura y percibe como una bestia, más allá de lo que probablemente sabía de lo divino y de lo humano cuando, siendo apenas una ex-chiquilla, tomó la pluma. Saber más de lo que se sabe es privilegio de los poetas y de los escritores capaces de amasarse en su propia escritura.

    La pasión no es literatura en sí misma, vale. Vale que requiere elaboración. Pasar por todos los filtros de la inteligencia, de la experiencia, de...etc. Pero, aunque no sea condición suficiente, sin duda lo es necesaria.

    Sobretodo en estos tiempos en que te puedes llegar a morir de miedo de que lo más inteligente sea el chocolate.

 

 

* Anna Grau es escritora y periodista