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Mensaje a los adolescentes
Esto no debéis intentar repetirlo en casa, niños
Niños, probad a hacerlo en
casa y sabréis lo que es bueno sin que os lo cuente nadie. Recordad que no hay nada que vuestros padres puedan enseñaros. Ellos no son vosotros.
Acostaos, bebed. Hace siglos que están ocurriendo estas cosas y nadie ha demostrado que sean mucho peores que una guerra. Existe un paraíso tras esa raya blanca.
Cuanto hace daño y no
hacéis, niños, lo estáis cambiando por la serenidad. ¿Os han hablado de ella? ¿Sabe alguno a qué sabe?
Si ignoráis quiénes sois
evitad el rodeo de averiguarlo uniéndoos a los demás. Una plaza en el grupo es un puesto en el mundo;
ahora bien, niños, que levante la mano el quiera morirse siendo útil y sensato. Tenéis razón: no es nada divertido.
Por lo demás, sé que no sois
felices, a lo mejor pensábais que todo el mundo os odia. Pues es cierto, pero sobran motivos: sois jóvenes y estúpidos y no tenéis derecho a todo ese futuro que vais a malgastar (como nosotros).
Entonces, ¿estáis solos? Así
es.
Aprended a ser libres,
practicad la mentira; sabréis por experiencia que es más sólida que una verdad pactada.
Y sobre todo,
niños,
no creáis que la vida merece la pena de vivirse sólo porque lo juren desde siempre los peores canallas.
* * *
Lázaro otro
A Judith Gallimó
Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelta
la cara en un sudario
Jn, 11, 44
He perdido la voz. Me he
perdido a mí mismo.
Ausente sin saberlo, he vuelto para ver que reconozco a todos excepto a uno: a mí, ese que balbucea —es tan extraño— soy yo, pero no soy quien esperaba ser. Le odio.
¿A dónde fui sin ir? ¿Me he
quedado dormido? Juraría que oí saludos, besos, una fiesta. ¿Dónde puse mi copa? Sólo me fui un momento. Ese fin de semana deslumbrante que todos esperamos cada maldito día laborable y yo me lo he perdido. ¿O me he perdido en él? Hubo una madrugada. Se podía morir por un secreto, jadeando de pura felicidad, hablando horas y horas.
¿He de escribir yo sólo
todas estas palabras? Las tareas se me han acumulado, minuciosas y absurdas, y ahora soy un secreto gritado al mundo. Esta es mi casa y estos son mis poemas. Toca con los nudillos en mi pecho, toc toc, estoy vacío y ya no sé.
Como uno más habré de
confundirme entre la gente que ya no es joven y gasta dinero. Sólo me moriré de calendario, ¿qué más da? Pensándolo despacio, cierto es que me parezco al que ya soy y su cháchara tonta es mejor que el silencio.
Y él nunca morirá de buen
amor ni maldita la falta que le hace.
El autor
José Luis Piquero
nació en Mieres (Asturias) en 1967, aunque vive en
Oviedo. Ha publicado tres libros de poemas Las ruinas (Versus, 1989),
El buen discípulo (Deva, 1992) y
Monstruos perfectos (Renacimiento, 1997), con el que resultó
finalista del Premio de la Crítica. Escribe también crítica de libros y de arte
en diferentes medios de comunicación, y en lengua asturiana ha publicado dos
traducciones: Cincuenta poemes ingleses del sieglu XX
y La gata en el teyau de cinc caliente, de
Tenessee Williams. Ha sido antologado en distintas ocasiones. |