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El eunuco y la odalisca
Desde que
llegara al salón de amplios cortinajes colgando y enroscándose entre ellos, en
un alarde de frondosidad y de encajes, desde que comprendiera que el suyo era un
sitio fijo y sin posibilidad alguna de alteración, no ha dejado de tocar su
instrumento ni ha dejado de mirarla, incluso, mientras su señor la poseía. Todavía no ha alcanzado a comprender el porqué de la manía de
su dueño de escuchar sus notas musicales a cada momento, aunque con el tiempo se
ha acostumbrado a cerrar los ojos y dejar que las yemas de sus dedos lo guíen
sin pérdida por el oleaje de las cuerdas, mezclándose en los oídos la melodía de
cada noche con los jadeos de ella, retozando entre dulzuras de seda y satén, y
ella, tan majestuosa, retorciéndose a cada nota que sus dedos marcaban en el
laúd, a cada golpe de la cadera de su señor. Demasiado joven y demasiado bello para ser un eunuco, le
habían dicho los ojos verdes de mujer llenando su cuerpo infantil cada vez que
lo viera, cuando ella todavía era una niña que ya sabía del gesto de los hombres
al contemplarla, sabedora de su destino de nocturnidades o amaneceres en brazos
del hombre más poderoso de su tierra, bebiendo de su boca y gestando en su
interior la semilla de un linaje de reyes que no alcanzaba a recordar ni a
comprender, y desde el primer momento se sintió tranquila sabiendo de la
presencia del muchacho, al que no llegó a brotar la barba ni el vello en el
sexo, que ella hubiera querido morder y hacer suyo, y con el tiempo ambos
descubrieron lo efímero del coito y lo nauseabundo del hombre que llegaba
envuelto en capas y aromas y olor a vino y a otras mujeres, llegaba como
esperando la culminación de una noche de excesos sin saber que acudía a ver a su
odalisca, la que contemplarían pintores en el ocaso del tiempo y a la que
cantara el amo de la música, el que esperaba con las piernas cruzadas a que su
señor terminara la cópula y la dejara allí, retozando y sola, todavía envuelta
en las fragancias de su propio cuerpo; el músico esperaba a que la puerta se
cerrara definitivamente dejando allí las piernas entreabiertas, el pubis
humeante de deseo y de humedades que él recorría con sus labios, los senos
caídos hacia los lados que él recogía con sus dedos mientras su boca entonaba el
canto nuevo, el que sólo reservara para sus momentos con la odalisca, el que
nunca saliera de su instrumento cuando era el sultán de Túnez el objeto de su
pasión, que no era tal, sino algarabía de miradas que iban de los ojos
ensangrentados del viejo a los lascivos del músico, con las piernas entrelazadas
y las manos anhelando el tacto rosado de su piel lechosa, tan blanda después de
la culminación del hombre como abierta a las manos del músico, músico del amor y
del roce, que era capaz de entonar con su boca el mismo canto armónico que el
laúd, ya en el suelo, agonizante, porque jamás podría esperar oportunidad alguna
del señor o del músico para completar el orgasmo que nunca cesaba en su cuerpo
de nogal y cuerdas aceradas.
(Inspirado en un cuadro de Mariano Fortuny)
El autor
Joaquín Pérez Azaústre
nació en Córdoba en 1976. Desde 1998
vive en Madrid, donde obtuvo una Beca de Creación en la Residencia de
Estudiantes. Colabora en La Razón y en el Día de Córdoba, labor por la que ha
recibido el Premio Meridiana 2003. Ha reunido sus artículos en el volumen
Reloj de sol (2004). Con el libro de poemas
Una interpretación (2001) obtuvo el Premio
Adonais 2000. Ha publicado la novela corta El cuaderno
naranja (1998), el libro de relatos Carta a
Isadora (2001), por el que recibió el Premio de Creación del
Instituto Andaluz de la Juventud. Como autor de poemas está incluido en las
antologías Edad Presente y
Veinticinco (ambas en 2003), entre otras, y
como prosista en Pequeñas resistencias.
Nuevo cuento español (2002). Por su primera
novela, América, editada ahora por Seix-Barral,
obtuvo una Mención Especial del Jurado del Premio Biblioteca Breve.
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