Inicio    |    Biblioteca    |    Joaquín Pérez Azaustre

 

El eunuco y la odalisca

 

Desde que llegara al salón de amplios cortinajes colgando y enroscándose entre ellos, en un alarde de frondosidad y de encajes, desde que comprendiera que el suyo era un sitio fijo y sin posibilidad alguna de alteración, no ha dejado de tocar su instrumento ni ha dejado de mirarla, incluso, mientras su señor la poseía.
    Todavía no ha alcanzado a comprender el porqué de la manía de su dueño de escuchar sus notas musicales a cada momento, aunque con el tiempo se ha acostumbrado a cerrar los ojos y dejar que las yemas de sus dedos lo guíen sin pérdida por el oleaje de las cuerdas, mezclándose en los oídos la melodía de cada noche con los jadeos de ella, retozando entre dulzuras de seda y satén, y ella, tan majestuosa, retorciéndose a cada nota que sus dedos marcaban en el laúd, a cada golpe de la cadera de su señor.
    Demasiado joven y demasiado bello para ser un eunuco, le habían dicho los ojos verdes de mujer llenando su cuerpo infantil cada vez que lo viera, cuando ella todavía era una niña que ya sabía del gesto de los hombres al contemplarla, sabedora de su destino de nocturnidades o amaneceres en brazos del hombre más poderoso de su tierra, bebiendo de su boca y gestando en su interior la semilla de un linaje de reyes que no alcanzaba a recordar ni a comprender, y desde el primer momento se sintió tranquila sabiendo de la presencia del muchacho, al que no llegó a brotar la barba ni el vello en el sexo, que ella hubiera querido morder y hacer suyo, y con el tiempo ambos descubrieron lo efímero del coito y lo nauseabundo del hombre que llegaba envuelto en capas y aromas y olor a vino y a otras mujeres, llegaba como esperando la culminación de una noche de excesos sin saber que acudía a ver a su odalisca, la que contemplarían pintores en el ocaso del tiempo y a la que cantara el amo de la música, el que esperaba con las piernas cruzadas a que su señor terminara la cópula y la dejara allí, retozando y sola, todavía envuelta en las fragancias de su propio cuerpo; el músico esperaba a que la puerta se cerrara definitivamente dejando allí las piernas entreabiertas, el pubis humeante de deseo y de humedades que él recorría con sus labios, los senos caídos hacia los lados que él recogía con sus dedos mientras su boca entonaba el canto nuevo, el que sólo reservara para sus momentos con la odalisca, el que nunca saliera de su instrumento cuando era el sultán de Túnez el objeto de su pasión, que no era tal, sino algarabía de miradas que iban de los ojos ensangrentados del viejo a los lascivos del músico, con las piernas entrelazadas y las manos anhelando el tacto rosado de su piel lechosa, tan blanda después de la culminación del hombre como abierta a las manos del músico, músico del amor y del roce, que era capaz de entonar con su boca el mismo canto armónico que el laúd, ya en el suelo, agonizante, porque jamás podría esperar oportunidad alguna del señor o del músico para completar el orgasmo que nunca cesaba en su cuerpo de nogal y cuerdas aceradas.

 

(Inspirado en un cuadro de Mariano Fortuny)

El autor

Joaquín Pérez Azaústre nació en Córdoba en 1976. Desde 1998 vive en Madrid, donde obtuvo una Beca de Creación en la Residencia de Estudiantes. Colabora en La Razón y en el Día de Córdoba, labor por la que ha recibido el Premio Meridiana 2003. Ha reunido sus artículos en el volumen Reloj de sol (2004). Con el libro de poemas Una interpretación (2001) obtuvo el Premio Adonais 2000. Ha publicado la novela corta El cuaderno naranja (1998), el libro de relatos Carta a Isadora (2001), por el que recibió el Premio de Creación del Instituto Andaluz de la Juventud. Como autor de poemas está incluido en las antologías Edad Presente y Veinticinco (ambas en 2003), entre otras, y como prosista en Pequeñas resistencias. Nuevo cuento español (2002). Por su primera novela, América, editada ahora por Seix-Barral, obtuvo una Mención Especial del Jurado del Premio Biblioteca Breve.