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Todos los que escribimos sabemos que muy raramente se nos comprende. Más aún, tal vez, los que escribimos cuentos, ya que, por su misma naturaleza, el género precisa de un lector más ducho, más especializado, y los relatofílicos, por desgracia, no abundan.
En el caso del puñado de páginas que tiene el lector en sus manos, además de la dificultad estándar y la añadida, soy consciente de contar con una tercera, mucho más insalvable que las anteriores: los ocho textos aquí presentados son, asimismo, ocho homenajes que he querido rendir a los que fueron mis maestros en el cuento. Los míos y los de cualquiera que se preste, añado, porque no estoy descubriendo con esta selección ninguna sopa de ajo. La hice dejándome llevar por uno de los argumentos más indiscutibles que conozco: la pasión. Si he de ser fiel a los hechos, los había seleccionado ya en mi adolescencia, ya que fue en esa época cuando los fui descubriendo y amando. Precisamente desde esa naturaleza de homenaje desde la admiración y el respeto, pero también desde la voluntad de llevar la contraria al padre, de matarle, es que creo oportunas estas palabras de acompañamiento para lectores descreídos o, simplemente, para aquellos más curiosos que quieran conocer los motivos y otras (pocas) intimidades de la autora.
Tomando tan elevados referentes me arriesgo a que más de uno malinterprete este esfuerzo, lo sé. Por eso quiero esgrimir en mi defensa algunos ejemplos célebres del homenaje o la variación. Sólo algunos, porque la historia del arte está plagada de ellos y enumerarlos todos sería, entre otras cosas, fatigoso, para mí y para quien esto lea. Acuden a mi mente Van Gogh pintando según Millet (after Millet, dicen los ingleses, con mucha fortuna), según Rembrandt o según Delacroix. Dalí impresionado también por El ángelus, cuadro al que llegó incluso a dedicar extensas y muy jugosas reflexiones críticas. Quisiera saber cuántos pintores a lo largo de la historia se han sentido atraídos por Las Meninas, de Velázquez. La serie que le dedicó Picasso es sólo la más conocida. Manet o Degas también homenajearon en su obra al sevillano.
En música el recurso no es infrecuente: Rachmaninov evocó a Paganini, que también inspiró a Schumann o a Lutoslawski; Brahms homenajeó a Haydn; Stravinski en El beso del hada, ballet sobre un cuento de Andersen, parte de música no orquestal de Chaikovski. Liszt hizo numerosas paráfrasis operísticas apoyándose en obras de Wagner, Verdi, Bellini o Donizetti. Ravel se inspira en valses de Schubert en los Valses nobles y sentimentales. Luis de Pablo utiliza este recurso en varias obras, dialogando con Schönberg, Tomás Luis de Victoria, Beethoven… También los cineastas sucumben a esa tentación: baste un (buen) ejemplo: Los siete magníficos, de John Sturges y su precedente, Los siete samuráis, de Akira Kurosawa. Y, por último, en literatura, acaso el terreno donde el homenaje campa con mayor libertad, sin que por ello deba ser confundido con el plagio o la copia, daremos noticia de lo que hicieron con Homero Beckett o Virgilio; de lo que hicieron con Virgilio Hermann Broch o Bernard Shaw; o Shakespeare con los clásicos o Bernard Shaw con Shakespeare, o Rostand con Cyrano, o John Milton con Homero, y así en una rueda inacabable pese a que admirar es difícil y dejarlo por escrito, más.
Así pues, mis ocho textos after Quiroga, García Márquez, Cortázar, Rulfo, Carpentier, Arreola, Monterroso y Borges, además del fruto de una pasión arraigada desde la adolescencia, son el resultado de un capricho adulto: el de tratar de establecer un diálogo con mis autores favoritos. Más que eso: el de jugar con ellos a algo cuyas reglas hubiéramos decidido a medias y comprobar, acaso, si era yo capaz de ponerme a tal altura. Como un juego querría que fuera interpretado este sobreesfuerzo literario que me ocupó durante muchos meses, y que llevó mi interés hasta el paroxismo de descubrirle errores a las Obras completas de Borges, perpetuados desde la primera edición bonaerense de Emecé. Un juego en el que incluso los que no conozcan las reglas disfrutarán jugando, pero del que —tengo la certeza— sacarán mucho más provecho quienes compartan la pasión por los referentes.
Por estas páginas deambulan, no sólo algunos de los personajes de los cuentos de referencia, además de otros muchos de nuevo cuño; también los propios autores, sus familiares, algunos de sus amigos y de sus maestros. No negaré que, en ese sentido, me he divertido mucho creando historias tramposas, cuajadas de anécdotas que los conocedores de los diversos escritores identificarán y que, en muchos casos, resultaban más literarias que cualquier invención: la afición de Juan Rulfo a visitar cementerios recolectando de las tumbas nombres para sus personajes, o la intervención de Leonor de Acevedo, la madre de Borges, en la obra de su hijo; o la brutalidad que utilizó Horacio Quiroga en la educación de su prole… son sólo algunos de los muchos ejemplos. No es presuntuoso, sino verídico, afirmar que todos y cada uno de los detalles están cuidados y llenos de sentido. Ya sólo me falta quien quiera jugar conmigo.
Mi sueño sería que, al cerrar este volumen, el diálogo literario continuara en la obra de todos y cada uno de los homenajeados. Entonces el sentido de este parricidio ya estaría completo.
Mataró, 2 de febrero de 2004
Epílogo de
Matar al padre; Algaida, 2004