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VOLVER A CASA
Gueloz Nsingui (recuerdo la música de su nombre, pero no estoy muy seguro de que éste se escriba como yo lo acabo de hacer) era un africano que trabajó conmigo en una pizzería londinense hace ya muchos años, hacia 1985 más o menos. Todo el mundo a su alrededor lo consideraba una persona afable y muy trabajadora, cuya formidable altura me llamó la atención desde nuestro primer encuentro. A él lo habían destinado a la cocina y a mí, a servir mesas. Solíamos coincidir de vez en cuando durante nuestra media hora de descanso, porque casi siempre éramos los últimos en cogerla. En ocasiones, si podía esquivar la atenta mirada del dueño de aquel local, yo le bajaba una cerveza al sótano donde comíamos, aunque estaba prohibido beber alcohol mientras no terminábamos nuestros turnos; Gueloz, a cambio, me preparaba pequeñas empanadillas rellenas con gambas, que me gustaban mucho y que yo mismo le había dicho cómo se hacían. Un día le conté que aquellas empanadillas me recordaban a mi madre, que cocinaba muy bien y que también solía hacerlas en casa, sólo que las suyas llevaban atún en lugar de gambas. No sé cómo, acabamos hablando sobre nuestras familias, intercambiando atributos, sangre fluyendo por las venas de los recuerdos. Atravesamos los viejos jardines de la infancia, permanecimos un rato en torno a una mesa camilla, nos encaramamos a árboles enormes para ver regresar a nuestros padres del trabajo, vimos hogueras encendidas en mitad de la noche, oímos la voz de personas que habían vivido mucho tiempo... Juntos construimos ciudades en mitad de una jungla y plantamos baobab, euforbios y palmeras al lado de edificios de siete plantas; vimos fluir arroyos sobre el asfalto y respiramos el olor a tierra mojada confundido con el humo de varios coches parados delante de un semáforo. Sí, aquel día dijimos muchas cosas, sin realmente añadir nada demasiado original a lo que se suele contar en ocasiones así. Sólo me llamó la atención la gran cantidad de palabras que Gueloz usaba en su lengua materna, intentando explicarme poco después qué significaban: el sabor de un tipo concreto de comida, los rugidos que a menudo emitían los estómagos de la gente cuando tenía muchas ganas de comer, el chapoteo de las gotas de lluvia sobre las hojas de algunas plantas... Después de fumar un cigarrillo, un poco antes de regresar cada uno a su puesto, yo saqué una fotografía de mis padres y hermanos de mi cartera y se la enseñé; sin embargo, él no hizo siquiera el amago de buscar una suya en los bolsillos de sus pantalones, de modo que me atreví a pedirle que me dejase ver a sus familiares. Fue entonces cuando me dijo que en Sudán, el país donde había nacido, a casi nadie le gusta que le fotografíen, porque mucha gente teme perder de esa manera sus recuerdos, sustituidos por imágenes sin vida. «Everything I remember from my country -me contó Gueloz- has noises, tastes and smells. At night, when I close my eyes, there’s always a river where I used to swim when I was young, and as soon as I wake I still very often come back wet from it, specially during the long summer nights» (Todo lo que yo recuerdo de mi país tiene ruidos, sabores y olores. De noche, al cerrar los ojos, hay un río que atraviesa mis sueños, un río donde me bañaba cuando era un niño, y todavía hoy regreso mojado de allí muchas veces, en cuanto me despierto, especialmente durante las largas noches de verano). Recuerdos sensoriales, táctiles. Un mundo que se puede saborear con los cinco sentidos. Así nos gustaría que fuese nuestro universo interior: sonoro y lleno de matices, sin las brumas de la duermevela; un mundo cristalino como el agua y al mismo tiempo profundo e inagotable. Hay quienes dicen que en ciertos lugares, al primer contacto, uno entiende las cosas de pronto, como si le golpeasen con fuerza y no pudiese escapar de ellas; ya nunca las olvida. Al menos, Graham Greene describía una sensación muy semejante al comienzo de su novela El americano tranquilo. Un occidental en Hô Chi Minh (la antigua Saigón) debe de sentirse confundido en cuanto se ve asaltado por el aroma de las especias; por la humedad que produce la selva, una pulmón aspirando y expirando sin descanso; por el bullicio de motos y bicicletas, sinfonías carentes de un director de orquesta; transeúntes, vendedores, altavoces anunciando gangas y extraperlo en las tiendas... Marcel Proust fue capaz de recrear con intensidad y profusión de detalles un mundo que desaparecía con él. James Joyce nos abrió las puertas de Babel. Gabriel Miró, Bruno Schultz y Eça de Queiroz, entre otros muchos, construyeron Europa. Gracias a los inventarios que introdujeron en sus obras, hoy conocemos mejor nuestro propio continente, no sólo su pasado sino también su presente, y puede que hasta su futuro. Esa capacidad que ellos tuvieron para hacernos entender lo más cercano, la tuvieron otros para llevarnos a sitios lejanos. Euclides da Cunha, por ejemplo, fue ingeniero, topógrafo, periodista y profesor de lógica, y supo trasladar a sus escritos sus conocimientos. En Los sertones cartografió de forma minuciosa, con los métodos de un entomólogo describiendo una especie desconocida, una zona de Brasil cuyas desventajosas condiciones físicas, políticas y climáticas sólo podían desembocar en una revuelta, la de Antonio Conselheiro. Lo anterior, pese a todo, parece a estas alturas algo imposible: la literatura actual raramente nos sabe ubicar en un universo concreto. Tampoco el cine, ni el arte en general. Pocas veces sentimos la realidad en las fantasías que nos rodean. La película Medrana (2004, Juan Luis Ruiz) resulta una excepción porque sabe colocarnos en Asturias, con el mar golpeando las costas, el rugido del viento, la orografía caprichosa, la enfermedad... Me viene a la memoria este cúmulo de cosas al pensar en la reacción de Samuel ayer, mientras veíamos viejos álbumes de fotos. Como el lunes él y yo nos iremos a vivir a Nueva York, donde Eva, que es la madre de Samuel y mi esposa, nos espera desde hace varias semanas, creí que sería una buena idea enseñarle a mi hijo un par de álbumes en los que aparecemos Eva y yo en la ciudad estadounidense cuando Samuel aún no había nacido. Una antigua fotografía del skyline de Manhattan cubierto por la bruma le gustó mucho y enseguida quiso saber si podría subir al último piso de las Torres Gemelas, que se elevaban por encima de los demás edificios. «No», le dije. Cuando le expliqué lo que le había sucedido a las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, Samuel se mostró muy contrariado porque, según él, las fotografías confunden las cosas que existen y las que no existen. No sabe cuánta razón tiene. Las fotografías lo confunden todo, incluso a los vivos y a los muertos. Quizás por eso Samuel me pidió que esta vez no haga fotografías en Nueva York, para que de ese modo la ciudad exista siempre en nuestras cabezas (en nuestros sueños) y nada desaparezca, ni siquiera el viento. (Fragmento) El autor Hilario J. Rodríguez (Santiago de Compostela, 1963) es licenciado en Filología Anglogermánica y en Filología Hispánica. Durante varios años dio clases de lengua, literatura e inglés en España, República de Irlanda, Gran Bretaña y Estados Unidos. Ha ganado varios certámenes literarios y ha publicado la colección de relatos Aunque vuestro lugar sea el infierno y muy recientemente la novela Construyendo Babel (editorial Tropismos). Como crítico cinematográfico, colabora con Dirigido por, Imágenes de actualidad o Abc, y es director adjunto de la revista Versión original. Entre sus libros, cabe destacar Eyes Wide Shut: Los sueños diurnos, Museo del miedo, Lars von Trier: El cine sin dogmas (finalista del premio al Mejor Libro del Año de la Asociación de Críticos Cinematográficos) y El cine bélico: Una propuesta de análisis (de próxima aparición en la editorial Paidós). |