Lo peor del futuro es
que llega enseguida. Con lo placentero que es saborearlo cuando aún acecha,
mientras ni siquiera es futuro, sino condicional, posibilidad íntegra que llena
el presente de expectativas y sueños. Adoro el futuro abstracto de lo por venir,
el que se conjuga en todos los modos posibles. El imperfecto —sólo en el nombre—
de indicativo, tan contundente, tan seguro de sí mismo: Amarás. O el
pretérito imperfecto de subjuntivo, un canto a la posibilidad, que sólo tiene de
llano el lugar donde lleva el acento: Amaras. O mi favorito, el mejor de
todos, hasta en el nombre: el futuro perfecto, tan de vuelta de todo que se le
adivina la experiencia con sólo mirarlo: Habrás amado.
Adoro ese presente que se alarga a la espera del futuro, las zonas intermedias,
la incertidumbre donde aún todo puede pasar. Una de las mejores zonas
intermedias de mi vida es el momento de elegir el próximo libro que voy a leer.
Me gusta tumbarme en mi sofá con vistas a la biblioteca. Ojear los lomos,
reconocerlos desde lejos como se hace con los viejos amigos. Meditar un momento
acerca de la posibilidad de volver a verles, de avivar de nuevo lo que nos unió.
Descartar algunos sólo con presentirlos. Sin más motivo que aquella vieja
verdad: todos los libros tienen un momento idóneo para atracar en la vida de
alguien, y el momento de ciertos libros pasó para mí —me temo— hace tiempo. En
cambio, hay muchos momentos aún por llegar, muchos títulos estupendos por
descubrir. Puede que haya docenas de ellos que ni siquiera se han escrito aún y
pensarlo —qué cosas— me hace feliz, como si el mundo fuera un lugar un poco
mejor porque aún quedan cosas que contar.
Cuando elijo el próximo libro soy consciente de la gravedad de mi gesto: la vida
tendrá una textura u otra dependiendo del nombre que habite en su cubierta, del
temperamento y la honestidad del mago que conjure la historia. Querré que deje
poso. Desearé que su lectura me haga otra persona distinta de la que soy cuando
lo abro. Me gusta imaginarme como una sustancia a la que las palabras dan forma.
Alguien imperfecto a quien la Literatura que degusta es capaz de hacer un poco
mejor. Qué dicha.
Cuando llega la elección, el placer ya está casi consumado. Adoro decantarme.
Conocer todas y cada una de las razones que me llevan a renunciar a unos títulos
por otros. Quedarme con uno, abrirlo, olisquearlo, curiosear entre sus páginas
como quien entra en el vestíbulo de un nuevo mundo, mordisquear la primera
línea, detenerme a analizar a qué sabe. Y sólo después, sí, lanzarme. Aspirar a
la perfección de este futuro a mi alcance.