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Ojos de hermosa vencida

 

A Martyn Bates y Pete Becker.
Yo también fui ciego en Gaza

 

El destello en el cristal la había despertado. Por unos instantes, no supo dónde se encontraba. Una cama, un dolor en la sien. El sudor, frío.

Se acercó, descalza, hasta la ventana. Apartó levemente el visillo y miró a la calle. Allí abajo, en la esquina, una niña que no levantaba un metro del suelo la observaba sin pestañear. Clara, susurró.

El reloj de péndulo dio los cuartos, volteando el tiempo. Recuperaba, con violencia, el olor de esta alcoba que fuera suya. Las palpitaciones y ese punto de fiebre zarandean la memoria y, con ella, nuestros sentidos más callados. Los ojos de la niña, sus ojos, y un largo túnel que se abre en el entendimiento.

Su figura se recorta en el contraluz. Es una mujer triste. Siempre fui triste, piensa. No es que no hubiera momentos de dicha, no. Él se desvivió, en los primeros años. Las cosas rodaron bien. El hecho de viajar de un lado para otro, de hotel en hotel, no constituyó mayor obstáculo. Ella perpetraba una huida pendiente, la huida, tratando de esqui­var una sombra, carente de forma y materia, que se cernía sobre su corazón como la gota de tinta sobre el papel. El nacimiento de Clara ayudó a rescatar algún que otro instinto viciado. Pero ahora él ya no está, y Clara crece. Y más en otoño. La herida que nunca cicatrizó del todo se infecta y acaba supurando. Supura el humor de un mal que no alcanza a definir y que resume, parcamente, en su pobre vocabulario sentimental, con el sustantivo tristeza.

Un riachuelo de calor inunda la madera del parqué. La misma madera. Rumia su turbación, más angustiada que de costumbre. La niña, esa niña que cruza la calzada, dirigiéndose a la lechería. Cla-ra, silabea. Como si la hubiera oído, se gira sin llegar a pararse. Está tan alta, ¿verdad? Encima de la cómoda, enmarcada en un óvalo de corcho viejo, una guapa señora a la que nunca llamó madre sujeta por los hombros a una chiquilla que se le parece. Retrato de parque, templete y palomas. La falda plisada, los calcetines altos, la diadema. No puede ser. No puede ser que este domingo roto por la enfermedad desemboque en otro domingo, nublado, de un año perdido en la cronología de una ciudad afligida, como ella. La calle. El empedrado, el coche de caballos que se aleja con precipitación, los gritos de la multitud, que bajan desde la plazoleta perseguidos por las amenazas de un retén militar. La campana de la iglesia, que anuncia la misa de mediodía. Se quedó en el rebate, muerta de miedo. El lechero comentaba con nerviosismo que ya le habían destrozado una vez la luna del escaparate. Un hilo suelto de la falda le hacía cosquillas en la corva; tiró de él sin fortuna. Se distrajo fastidiando, con sus zapatos nuevos de charol, a una hormiga laboriosa que arrastraba pacientemente una cáscara de pipa. Recuerda que no se proponía aplastarla. Sólo jugar, evadirse, acortar la espera. Alguien, entonces, le pidió que se apar­tase y ella, saliendo de su ensimismamiento, advirtió que ya había pasado la marabunta. Evitó pisar el agua que terminaría agolpándose en la alcantarilla. Dio un respingo al ver el coche de caballos que regresaba, majestuoso. No quería que le salpicara el vestido de fiesta.

Ahí llega. Era domingo, como hoy, masculla. Podría ser la cría que, en el retrato, ofrece una miga de pan a una paloma dócil. Siempre que doblaba la esquina miraba hacia arriba, buscando la ventana de la alcoba. Aquel día se detuvo, como esa niña que llama Clara, dejando a medias la salutación habitual para asistir impotente al movimiento de la navaja que atacaba el cuello de la madre, la sombra familiar del asesino en el cristal cuajado de labios, resbalando las botellas de leche hasta estrellarse contra la acera y acallar el alarido sordo que aseguraría ajeno pero que desemboca en este borboteo de sangre y furia que no logro frenar con las manos porque ya es tarde, tan tarde, y la vida se desliza, cálida, por este camisón y mis pies, ocupando con el rojo escandaloso de mi agonía la mancha oscura que perdu­ró en la madera tres largas décadas.

Mientras caigo desvanecida, descubro el reflejo de unos ojos en el charco de apariencia metálica, como azogue, como el borrón de un tintero roto, comprendiendo que hoy más que nunca serán los ojos de una hermosa vencida, triste, víctima de la amnesia salvadora que sedimentó el poso amargo de una desgracia y una premonición.

 

El autor

Fernando García Calderón nació en Sevilla en 1959. estudió Ingeniería de caminos y actualmente reside en Madrid. En los últimos diez años ha escrito un centenar de cuentos, muchos de los cuales han sido galardonados o han resultado finalistas en los más prestigiosos certámenes del género. Es autor de libros como El vuelo de los halcones en la noche (1997), con el que ganó el premio Félix Urabayen, El hombre más perseguido (1999), con el que ganó el premio Ateneo Ciudad de Valladolid,  El mal de tu ausencia (2000) y Lo que sé de ti (2002), publicado por ediciones Destino.
Para saber más de él:
www.fernandogarciacalderon.com