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TESTAMENTO

 

Lo primero fue una tésera; una de esas fichas de cobre con una muesca en una cara  y dos en el reverso que se utilizaban hace años en los teléfonos públicos y en los trolebuses. La había estado escuchando toda la tarde, rozando y golpeando contra el tambor de la lavadora, en cada vuelta de centrifugado. La encontré al sacar la ropa. La sostuve en la mano, de cuclillas frente a la lavadora.
    Cospeles, se llamaban también. Y tokens
    Con la segunda colada el golpeteo de lo que fuera sonó más repetido, arañaba el plástico de la puerta con más insistencia, y al sacar  su ropa encontré una llave. La llave del primer apartamento de la playa. Estaba oxidada, con el número 37 en Dymo verde despegado del metal.
    El tercer lavado, la última maleta, se centrifuga ahora en la cocina. Camisas, corbatas, pantalones de Tergal. Jerséys de rombos. Bañadores de Nylon y esquijamas. De pie en el pasillo espero a que acabe el primer enjuague. Desde donde estoy apoyada, contra la pared, alcanzo a ver el lento rotar del mando del programa. Empezó en el 6. Va por el 13.Frente a mí se abre la ventana que da al jardín. El sol se está poniendo entre nubes de lluvia y los haces de luz se reparten en todas direcciones con un efecto casi artificial. Parece la portada de un libro de autoayuda. 
    Oigo abrirse la puerta principal.
    —¡Estoy en la cocina!-, digo en voz alta.
    Le siento cruzar el salón y el comedor y le veo entrar por el pasillo, dejar el portafolios en el suelo. Me da un beso en los párpados. Se acerca a la nevera y saca una lata de cerveza que se queda bebiendo en medio de la cocina, mirando por la ventana, al jardín donde la ropa se seca en el tendedero.
    —¿Qué piensas hacer con sus cosas?
    Me encojo de hombros. No lo sé. De momento las estoy lavando.
    Da un largo trago a la lata.
    En la lavadora algo metálico, pesado, empieza a arañar la puerta de plástico.
    Él acaba de beber la lata de un trago y la deja de golpe sobre la mesa.
    —Regálalas-,dice. A una ONG. A beneficencia, ¿no?
    Vuelve a mirar hacia el jardín. El efecto del sol es aún más dramático.
    —Parece la portada de una Biblia-, dice. 
    Abre la nevera y saca otras dos cervezas. Se acerca a mí y me alarga una mientras se dirige al cuarto de estar.
    Antes de seguirle echo un último vistazo a la ropa en el tendedero. Es toda del mismo color gris. Destiñó. Se han mezclado negros y blancos y pende grisácea de los alambres. 
    Desde el cuarto de estar alcanzo a oír el roce y el arañar en el tambor de la lavadora.

La autora

        Esther García Llovet nació en Málaga, en 1963. Vive en Madrid desde 1970 donde realizó estudios de dirección de cine y se licenció en Psicología Clínica.  Es autora de la novela Coda (Lengua de Trapo, 2003) con la que resultó finalista del Premio Órbitas 2003, y guionista de cine documental.