El 20 de junio del año
pasado nació mi hija Elia. No sé si lo recordarán, pero una semana antes había
empezado en toda España aquella ola de calor insufrible que no terminó, con
víctimas, hasta entrado septiembre. Para combatir las miserias de esa etapa
inevitable llamada puerperio, se me ocurrió leer. Volver a mi adolescencia
lectora. Lo confieso: me apetecía leer, sí, pero también releer. Y, como las
temperaturas andaban por las nubes y en casa no había aún aire acondicionado, se
me ocurrió que recurrir a mis rusos predilectos podía ser una buena solución.
Recordaba, aunque vagamente, el frío que asola a Akaki Akakievich, el
protagonista de El Capote, de Gógol, o los sufrimientos del protagonista de
Un
día en la vida de Ivan Denisóvich, de Solzhenitsin —una novela en la que el
termómetro nunca sube de los dieciocho bajo cero—, y nada me parecía más
apetecible. Así que, a causa de la maternidad y la climatología, me sumergí en
la lectura de autores rusos como si me fuera la vida. Debo reconocer, sin
embargo, que hubo un culpable más y hasta un cómplice. El culpable, Juan Eduardo
Zúñiga. El cómplice, Víctor Andresco.
En la
admiración por Zúñiga llevo años confesando: desde que leí, recién publicado por
Alfaguara, Largo noviembre de Madrid y, algo después, Flores de plomo. Llevaba
años persiguiendo El anillo de Pushkin, un libro de ensayos surgidos de su
eslavofilia recalcitrante. Lo encontré pocos días de nacer Elia, en una de las
librerías de viejo que rastreo en la red. Cuando fui a correos por el libro
lucía una tripa muy superior a mis fuerzas, pero creí que el paseíto merecería
la pena. Leí la historia del anillo que una cortesana regaló a Pushkin, y que
pasó luego de mano en mano —también por las de Turguéniev— hasta extraviarse en
la revolución de 1917, durante mi breve estancia en la maternidad. Cuando llegué
a casa, además de por mi el puerperio y por el calor, venía ya inevitablemente
afectada por el virus de lo ruso.
Se notó en que no
podía dejar de leer. Tampoco pude resistirme a la tentación de escribir a Zúñiga
preguntándole por ciertos detalles del paradero del famoso anillo. Me envió una
larga y generosa carta en la que, como imaginaba, me decía no saber dónde acabó
la joya, aunque aportaba algunos detalles que iban a serme de enorme utilidad. A
estas alturas —los días pasan volando, y se echaba encima el sofocante mes de
agosto, un tiempo en el que todos los años suelo empezar una novela— ya tenía yo
muy claro qué iba a hacer con la historia del anillo y con tan tórrida pasión
eslava: escribir una historia para la cual ya se me había ocurrido el título
—una de mis obsesiones— y que tendría como trasunto mis rusos de siempre y otros
de los que siempre quise saber. Fue una vil excusa, claro. Para eso se escriben
novelas: para justificar un comportamiento, una actitud, a veces toda una vida.
Desde aquellos días
estivales ando leyendo rusos, escuchando rusos, llevando a mis amigos a almorzar
a restaurantes rusos o soñando con visitar San Petersburgo durante las nieves de
enero o las noches blancas de junio. También me he dado un poco al chocolate
ruso —mi favorito se llama Octubre Rojo—, por culpa del cómplice con el que
conté desde el principio: mi colega, amigo y a veces primo Víctor Andresco.
Recurrí a él porque nos unían amigas comunes y confesos vicios compartidos, como
la literatura. Además, él y algunos miembros de su familia tienen la costumbre
de traducir a Tolstoi, Turguéniev, Maldestam u otros. Apenas quince días después
de pedirle consejo ya me había enviado la biografía de Tolstoi, los ensayos
sobre rusos de Ripellino, las Lluvias primaverales que tradujo su padre, el
Hadji Murat que unas tías suyas vertieron a nuestra lengua, una edición de
ensayos de Blok totalmente inencontrable, cinco tabletas de chocolate moscovita,
una ristra de estampas peterburguesas, una de las mejores novelas que he leído
jamás —Pnin, de Nabokov—, y hasta diez soldaditos de madera que, desde entonces,
como en estos momentos, me contemplan en silencio desde la estantería y parecen
preguntarse cuándo volveré a su novela. Porque la empecé, sí señor. Con todos
estos estímulos, y los que me llegaron de Dostoyevski, de Anna Ajmátova, de
Joseph Brodsky, de Maldestam y de tantos más, empecé a escribir mi novela rusa.
La protagonista se llama Irina y tiene un anillo con una mágica historia y
ciertas cualidades de talismán. La quieren al mismo tiempo un padre y su hijo.
No podía ser de otro modo: un homenaje a Primer amor, de Turguéniev, la puerta
por la que yo entré en Rusia, a los doce años. Sin embargo, no continué: otra
historia, también sofocante, se cruzó entre mis rusos y yo, y no tuve más
remedio que darle la prioridad que demandaba. Creo que, una vez más, fue una
excusa: necesitaba tiempo para leer. Una historia de amor no debe degustarse con
prisa. Por eso llevo meses disfrutando con los rusos de cinco o seis
generaciones y con algunas otras hierbas. Ahora, por ejemplo, ando viajando a
través de Siberia —de Omsk a Irkutsk, a orillas del lago Baikal— con Miguel Strogoff y Julio Verne quien, por cierto, nunca estuvo en Rusia. Conozco bien la
región: he acompañado hasta más allá de los Urales a las columnas de deportados,
con Máslova o con Katerina Ismailova, heroínas de Leskov y Tóstoi. He pasado una
temporadita en la casa muerta de Dostoyevski y he aprendido a diferenciar una
verdadera tormenta de nieve según los consejos de Ivan Denisovich. Me siento
allí como en casa.
Para no hacer como el
burgués de Julio Verne, sin embargo, me he propuesto viajar a San Petersburgo
antes de empezar mi novela, aunque su acción vaya a tener lugar, salvo la
fabulosa escena final, en un pueblo perdido de la sierra de Segovia. Excusas y
más excusas. Mientras escribo esto, suena Leningrado, la sinfonía de
Shostakovich. La alterno con Chaikovsky, Stravinsky, Rimsky-Korsakov y mi
favorito, Rachmaninov. Cosas de la ambientación. En cuanto termine esta línea,
subiré la calefacción, porque el frío se está haciendo insoportable. Y no es
cuestión ahora de ponerme a leer cubanos.
Publicado en Literaturas.com en enero de
2004