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Por
Jesús Maqueda
—Ha
escrito más de 30 novelas para jóvenes. ¿Resulta rentable escribir
para ellos?
—Más que para cualquier otro
lector: los jóvenes son unos jueces feroces, los más exigentes
críticos y también los más entusiastas. Escribir para ellos te cura
de muchas cosas y te contagia entusiasmo, algo que un escritor
necesita más que el aire que respira.
—¿No le parece que nos
enfrentamos con demasiados prejuicios a esa clase de literatura?
—A ésa y a otras. Cada lector
tiene sus propios prejuicios. Los más leídos sabemos que no hay que
hacer caso de las etiquetas, que no son para nosotros. Y, por
fortuna, cada vez hay más lectores desprejuiciados que se atreven a
dejar que la literatura –supuestamente- para jóvenes les alegre la
vida.
—¿Dónde sitúa la frontera
entre literatura juvenil y literatura para adultos?
—No
existe tal frontera. La literatura para jóvenes se mide por los
mismos niveles de exigencia que la otra y aborda (o debería hacerlo)
los mismos temas con idéntico rigor. Rebajar el grado de dificultad
argumental, o elegir un estilo más romo, son errores que la
literatura para jóvenes no debería permitirse. Todo lector recuerda
cómo y qué leía cuando tenía quince años. Ahí está la respuesta a su
pregunta.
—¿Le parece normal que los
medios de comunicación se acuerden de ellas sólo en las fechas
navideñas?
—Me parece triste. Aunque ya hay algunos pocos medios que prestan
atención a la literatura infantil y juvenil, y muy buenas
publicaciones especializadas. No digo que sea suficiente, sino que
quien quiere estar informado de las novedades, lo consigue.
—¿Es importante que los protagonistas de una novela juvenil sean
adolescentes?
—Es importante conseguir que el lector se identifique con algún
personaje, tenga el lector la edad que tenga. Cuanto más joven sea,
eso sí, más dificultad encontrará para identificarse con lo que le
ocurre a personajes de edades distintas a la suya. Por eso creo que
es bueno acordarse de quien está al otro lado.
—No hay concesiones pese a todo. El sicario Bat Lawinski es
implacable, un asesino sin escrúpulos. O Nigro Vultur, el Ser
Supremo.
—¿Por qué habría de haberlas? Yo intento hablar del tipo de mundo
que podemos estar construyendo y me interrogo sobre qué tipo de
personas somos. Nada de eso es ajeno a la literatura. Lo único ajeno
a la literatura son las etiquetas fáciles.
—¿No se ha ido un poco lejos al situar el comienzo de la novela
en el año 3003?
—Cuando Orwell escribió 1984 parecía una fecha increíble de puro
lejana y ya ve usted… Tenemos el horizonte pegado a la nariz, ese es
uno de nuestros mayores problemas. Mil años no es nada para la
cronología del Universo.
—¿Es más arriesgado viajar al siglo XXXI, para escribir, que al
siglo XI, por ejemplo?
—Es casi lo mismo. Dependiendo de que época histórica elijas
para documentarte, acabas encontrando el mismo tipo de información
que la que encuentras sobre el futuro: especulaciones, teorías,
pequeños indicios… Escapar de su propia época siempre reporta
enormes dificultades a un novelista.
—Prohibido el sentido del humor. Prohibida la curiosidad.
Preconiza Nigro Vultur, el gran villano de esta novela. ¿El futuro
nos depara un mayor control de los ciudadanos por parte de los
gobiernos?
—En la novela he distorsionado, exagerándolos, algunos de los
mayores defectos de nuestro mundo. Por supuesto, la falta de
privacidad, el exceso de control por parte de organismos de todo
tipo, es uno de ellos. Otro es la mediocridad, la facilidad, el
desinterés por la cultura con mayúsculas que se aprecia por todas
partes. Y, por supuesto, los efectos del cambio climático.
—¿No cree que a los gobiernos les interesa tener buenos soldados
–“que deben hacer lo que les dicen sin pensar lo que hacen”- antes
que ciudadanos?
—Depende de a qué gobierno. Ha sido la estrategia universal de
los regimenes totalitarios desde que el mundo es mundo. Por fortuna,
el individuo ha acabado ganando la batalla de la historia y hoy nos
escandaliza conocer ciertas situaciones que antaño era habituales.
La comunidad internacional comienza a curarse de su miopía y su
sordera, aunque sólo de vez en cuando.
—Eilne y Nie, hermanos gemelos, nacen en el campanario de la
ermita de la Cruz. ¿Por qué son tan importantes los recintos
sagrados en la llamada literatura fantástica?
—No sé en la literatura fantástica. Para mí es importante elegir
escenarios con significado, que casi siempre existen en la realidad
y que conozco bien. En la elección de la Ermita de la Cruz confluyen
varias razones: desde mis gustos artísticos hasta la propia
disposición de la ermita real. Es un lugar ideal para la escena que
en mi novela he situado allí, se lo aseguro. Casi le diría que no
podía ser otro.
—¿El arte es lo realmente esencial en la vida?
—Sin arte, en todas sus manifestaciones, la vida sería un lugar
bastante más insoportable. Eso lo hace muy importante.
—¿El arte y la ciencia son los pilares fundamentales de una
sociedad? ¿Cómo sería una sociedad sin ellos?
—Muy parecida a la que yo he recreado en Dos Lunas: un mundo de
gente mucho más infeliz y mucho más desvalida.
—Aunque las comparaciones son odiosas. ¿Qué líder o líderes de
hoy se parecen a Nigro Vultur, y cuál o cuáles a quienes defienden
los principios del Clan de las Dos Lunas?
—Me inventé a Nigro Vultur pensando en las comparaciones,
precisamente (y no del lector adolescente, claro, que a él ni le van
ni le vienen estas cosas). A todos se nos ocurren líderes mundiales
que encajan con ese perfil de dictador idiota y hambriento de poder.
No hay que ir muy lejos: Chávez, Robert Mugave, Ahmadineyad o el
extinto Bush. Todos ellos podrían gobernar el mundo de Dos Lunas, y
lo harían con bastante solvencia.
—Ha insertado algún elemento medieval, el castillo de Géminis, en
su narración. ¿Por qué piensa que tiene tanto atractivo lo medieval?
—Lo medieval no me atrae especialmente. Y la fortaleza de
géminis no puede anclarse en ningún periodo histórico concreto, sino
en el terreno de lo fantástico. Piénselo: es una fortaleza en mitad
del Mar del Norte, habitada por lechuzas, que construyó un viejo
ermitaño con la esperanza de hacer resucitar a su hermano. Yo la
imagino todo lo contrario a la imagen que tenemos de los castillos
defensivos medievales. La imagino estilizada, luminosa, casi un
espejismo en mitad de las olas. Es un escenario para la ensoñación,
no para la recreación histórica.
—Si viajáramos al pasado seríamos unos superdotados. Si lo
hiciéramos al futuro, unos analfabetos. ¿No cree?
—No estoy tan segura. Si viajáramos al pasado poseeríamos una
cantidad de información totalmente innecesaria que nos haría la vida
muy difícil. Y con respecto al futuro, nadie nos asegura que la
gente vaya a estar mejor preparada dentro de mil años. Información y
cultura no necesariamente van de la mano.
—Si pudiéramos viajar al pasado, también podríamos alterar el
curso de la historia. ¿Qué hecho histórico le gustaría cambiar a
Care Santos?
—Una de las leyes de la máquina del tiempo es, precisamente, que
no se debe alterar el curso de los acontecimientos. Es una ley
sabia, porque aunque quisiéramos, no podríamos hacerlo. Con lo cual
nuestra desesperación al conocer las consecuencias de lo que va a
ocurrir, sería mucho mayor. Pero ya que estamos en el terreno de lo
fantástico, sería estupendo poder viajar a 1936 y evitar el
estallido de la Guerra Civil.
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