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Hombre sushi

 

Temperamento flexible, adaptable, desenvuelto en cualquier situación. Bastante ambiciosa, Loreto presta mucha atención a las apariencias (...). En amor tiende a posar, fingiendo mantener las distancias porque en el fondo teme la soledad y la opinión ajena. Intelectualidad, amor por el arte.

          Carácter y destino del nombre Loreto, en El gran libro de los nombres

 

 

El hombre de la cazadora no lo sabe, pero mientras él deja caer sus brazos de cuero contra la puerta, la primera frase de Orgullo y prejuicio supone un puñetazo a la mesura de Loreto. Ella adapta –con calma, en paralelo- su columna vertebral al respaldo de la silla, cuello como ángulo recto con cada uno de sus hombros, colocando en posición visible –sobre la mesa, junto a la taza con un centímetro exacto de café- su ejemplar del libro de la Austen. Durante veintisiete minutos, Loreto ha sido humillada por su teléfono móvil; allí, desde las diecinueve horas y tres minutos de la tarde, no la ha distraído el dibujo de un sobre luminoso en la pantalla que anuncie un mensaje de advertencia, sólo la marca de demora en la esquina derecha superior y el continuo repaso a las páginas color otoño, subrayadas en los años de carrera. Como pasatiempo en su espera, ha contado pasar frente a su mesa a un ejecutivo sin corbata, dos estudiantes de Filología a los que recuerda de su época en pasillos y una extranjera a la busca desesperada -bajo un gorro arcoiris- de un paquete de tabaco. Al cesar el goteo de zapatos ante ella, Loreto ha barajado la posibilidad de pasear por el centro comercial durante media hora, y fingir a su vuelta que ha llegado tarde. Para su fortuna, el momento en que el dedo índice de Loreto recuerda –a falta de los dos últimos dígitos- el número de teléfono de Ernesto coincide en espacio temporal con la visión del hombre sushi, rostro pálido a lo lejos, envuelto en una segunda piel oscura como el alga nori.

Para Loreto el hombre sushi carece de nombre y adjetivos, está desnudo de palabras, aderezado tan sólo con los argumentos que Ernesto desgranaba en sus conversaciones. «Que sí, que no tiene novia, juraría que le saludé anteayer bajando por Claudio Marcelo, e iba solo». Loreto juega a aplicar un barniz de certeza a la imaginación telefónica de Ernesto, el hombre sushi huele de lejos a canción de Tujiko Noriko, Loreto mata los nervios a costa del suicidio de sus uñas contra el cristal de la mesa. «Os identificaréis con un libro, vuestro preferido, le gusta leer, imagínate que se ha empeñado en que quedéis junto al Bulevar, es perfecto», concluye Ernesto prolongando la antepenúltima sílaba en una erre sabia, con tacto de ultraísmo. Loreto cree que descubrir a una persona el título de su biblia particular antes que su voz es poner zancadillas a la garganta, la mano raspando las cuerdas vocales para evitar saludos de conveniencia. Su reacción ante el hombre sushi no dependería de la marca de la mochila, o el color de los ojos, e incluso la luna llenándose en la falange última del pulgar. Ernesto, el mediador entre el hombre sushi y Loreto, decidió ya desde el principio que los sentimientos serían extremos en aquella tarde de Junio. Si aparece con un manual de filosofía, echaré a correr hasta el servicio y no saldré de allí hasta que la cafetería cierre. Haré lo mismo con un tocho de autoayuda, qué digo haré lo mismo, retiraré a Ernes el saludo durante el resto de mis días. Si el hombre sushi y yo coincidimos en Jane Austen, me habré enamorado inevitablemente de un tipo que comparte apodo con un plato japonés. Loreto se plantearía, entonces, llamar a sus hijos algo así como Daikon si el bebé compartiese con el hombre sushi su cuerpo espigado y las mejillas blancas en las ocasiones más vergonzantes, o Udon si fuese como Loreto, generosa en su cintura, problemática para encontrar pantalones de su talla. Tolero algo de Marianne Moore, qué sé yo, incluso si me viene con Colette será el principio de una hermosa amistad, la voz de Loreto bucea oscilante entre el autoconvencimiento y la locura transitoria. Mientras, redefine la partitura de Un buen día, las yemas de sus dedos se abocan a un dolor de microsegundo.

Loreto calcula cuarenta segundos cuando se topa de bruces con el medio centímetro que le habla del futuro en la taza de café. El hombre sushi aguarda para cocerse ante la puerta, rebuscando en su mochila con las piernas flexionadas con tal de no rozar el suelo, en cuclillas; Loreto reafirma su politeísmo ante la espera, y diseña la estrategia a seguir. Plan A: si su libro me desagrada, escondo el mío y apuro el café de un trago. Plan B: si su libro no está mal, estaré dispuesta a hablar con él durante una media hora. Plan C: si su libro es el libro de mi vida, no me negaré a colgarle el complemento del sustantivo a la espalda. Loreto no palpa su estómago por miedo a explotar una pompa que late rebotando contra su nerviosismo. El hombre sushi extrae un retal de color naranja plegado, Loreto imagina que una camiseta, él obliga a que la tela descanse sobre el muslo. Por fortuna el hombre sushi aún no ha inspeccionado las mesas, y Loreto es una sombra tras una taza de café.

Ahí está. A quinientos centímetros, el hombre sushi cierra su mochila y avanza hacia Loreto con un ejemplar desvencijado, forrado como un libro de texto, en cuyo lomo está escrito Tú puedes mimar tu autoestima.

Loreto agradece a sus dioses el frío repentino por el que recuperó la protección de su chaqueta sobre los hombros, gracias por la insistente tercera visita del camarero para cobrar la consumición. Ella, impasible, recoge el bolso y estrecha su Orgullo y prejuicio contra el pecho, oculto por la tela vaquera. El paso sin tregua se enfrenta con el eco de los pasos, en dirección contraria, del hombre sushi. Pareciera que además de mimar su autoestima y forrar con cuero su trapecio, él se hubiera graduado en telepatía. No te pongas en mi camino, no te pongas en mi camino, mi autoestima está mucho más mimada que la tuya. Loreto miente con las pupilas, finge timidez, declina su cadera, brazo derecho que choca con brazo izquierdo de hombre sushi. Yo que te habría embadurnado en tamari cada noche, para qué querrá mimos tu autoestima. Loreto escucha cómo las tapas verde musgo se precipitan a las deportivas del hombre sushi, la escalera de la cafetería ha mutado al foso de un castillo medieval, y el miedo del ridículo tira de su cabello.

«La amiga de Ernesto, supongo». Loreto no necesita pellizcarse las mejillas, encendidas de carmín; el hombre sushi se adelanta y lee sus comentarios, en los márgenes, sobre Darcy e Isabel. «Te traía esto para devolvérselo a Nesto, me lo prestó hace un par de días y no sé cuándo coincidiremos. Veo que te he asustado... Olvidé mi tarjeta de presentación en casa, pero supongo que Nesto acertó al citarnos». Loreto es ahora una cereza; si el hombre sushi la mordiese, sudor y sonrojo manarían de sus labios. «Odio a la madre». Y Loreto repite la jugada del libro pero con su corazón, de una patada lo hace volar hasta la mesa de la esquina, quisiera hundir en wasabi –para luego devorarla- la sonrisa del hombre sushi, recordando con gula la sabia observación de Jane Austen: un hombre soltero, tan rico –y se relame-, debe tomar esposa.

 

La autora

            Elena Medel nació en Córdoba en 1985. Ha publicado el poemario Mi primer bikini (DVD, febrero de 2002; segunda edición, junio de 2002), por el cual consiguió en 2001 el Premio Andalucía Joven de Poesía. Colabora, con un artículo semanal, en la sección de Opinión del periódico El día de Córdoba. Es una de las coordinadoras de la revista de literatura joven müsu. Ha sido incluida en las antologías Inéditos (edición de Ignacio Elguero; Huerga & Fierro, 2002), La lógica de Orfeo (edición de Luis Antonio de Villena; Visor, 2003), Poetisas españolas (edición de Luzmaría Jiménez Faro; Torremozas, 2003), Edad presente (edición de Javier Lostalé; Vandalia, 2003) y Veinticinco (edición de Ariadna García, Guillermo López y Álvaro Tato; Hiperión, en prensa).