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El verano pasado dediqué algunos días de mis vacaciones a releer La Intrusa, de Borges, uno de mis cuentos favoritos. No fue una lectura ociosa, o no exclusivamente, sino que con ella pretendía desentrañar algunos secretos, algunos de esos cuentos que se esconden detrás de toda historia. Y en mi deseo por lograrlo, terminé por hallar el mío propio. La historia de la historia: ésta que pretendo contar aquí.

Empiezo a leer La Intrusa, digo, y tropiezo -como hará todo lector que comience por el principio- con la referencia bíblica, que sin duda debe tener alguna importancia en el relato, puesto que Borges ahí la dejó: 2 Reyes I, 26. Ello según una de las ediciones borgianas que más he consultado, la antología preparada por Marcos Ricardo Barnatán para Cátedra, de 1992. Yo, dispuesta a empezar por comprender lo cercano antes de llegar lejos, busqué en mi Biblia el versículo referido. Sorpresa: El primer capítulo del segundo libro de Reyes, en cuyo versículo 26 debía hallar yo la respuesta a mis inquietudes, termina en el 18.

Mi formación religiosa no alcanza, en este terreno, a librarme de las numerosas dudas. Más bien las alimenta. Consulto el tema con Antonieta Lladó, una amiga que conoce la Biblia como si fuera su autora única, y ella confirma con rapidez mi sospecha: Todo el mundo sabe, me dice, que el segundo libro de Reyes tiene dieciocho versículos. No tiene sentido, por tanto, hablar de un vigesimosexto.

Imagino entonces que acaso todo se deba a un juego borgiano: se refiere una cita inexistente. Sin embargo, el sentido de semejante acertijo se me escapa por completo, a no ser que Borges sólo pretendiera atrapar a lectores desatentos. En la muy anotada edición de Barnatán, por ejemplo, no existe ninguna nota que haga referencia a la cita bíblica. ¿Y si se tratara de un error? Reviso todas las ediciones de Borges de que dispongo: en las Obras Completas de Emecé, La Intrusa aparece encabezada con la misma cita. Igual que en la edición de El Informe de Brodie de Alianza. Lo mismo en cuantas antologías recogen el relato. No pueden estar todos equivocados, pienso.

Pregunto a mis amigos. Mi duda es tan enrevesada que nadie parece muy preocupado por mi caso. Yo misma parezco ya un personaje de ficción, más kafkiano o chejoviano que borgiano, en mi preocupación obsesiva por desentrañar este misterio ínfimo. Trato de localizar a Marcos Ricardo Barnatán, en vano. Debe de estar de vacaciones. Inoportuno al crítico Rafael Conte mientras hace las maletas para escapar de estos calores con destino a la Costa Brava francesa, pero no tiene noticia de nada de lo que le digo y sí mucha pereza, sospecho. Al fin, resuelvo tratar de olvidar el asunto y trabajar en el resto del relato.

Elaboro cuidadosos esquemas de cuanto Borges apunta al narrarnos la trágica historia de los Nilsen, la pareja de hermanos protagonistas, enamorados de la misma mujer. La anécdota de que el magnífico final le fue revelado a Borges por su madre ya me ha llegado por tres vías distintas, incluida la voz del propio autor, cuya palabra rescato de un par de entrevistas antiguas, emitidas hace 25 años por Televisión Española. Como se me escapan las características de la población donde sucede la historia, le escribo a mi amigo Gustavo Nielsen, uno de mis autores argentinos favoritos, y le pregunto qué sabe de Morón. Sólo cuando me responde dándome detalles reparo en que su nombre y el de los protagonistas borgianos es casi idéntico. Para mayor algarabía de las coincidencias, mi amigo Gus estudió en Morón desde su infancia. Qué tentación de inventarle a Gus una genealogía de orilleros sangrientos, y qué bien le sentarían esos antepasados a las tremendas ficciones que inventa.

Recibo la respuesta de Gus por correo electrónico. Junto al suyo, llega el mensaje de otro amigo, también lejano, también escritor. Jesús Torrecilla tiene una carcajada que es imposible de olvidar. Lo mismo le sucede a su literatura. Ha publicado en España un par de novelas. La segunda se llama Guía de Los Ángeles. Jesús es profesor en UCLA y vive en Los Ángeles desde hace quince años. Su español se ha contagiado de una cadencia de la Costa Este que lo vuelve cálido y musical.

Hubo una época en que Jesús y yo nos veíamos una vez al año. Cuando venía a Barcelona marcaba mi número, o se anunciaba a través del correo electrónico, y juntos emprendíamos un peregrinaje alcohólico y gastronómico hasta altas horas -aunque las altas horas de Jesús jamás sean las mías-. Ese año fuimos a un bar junto al Mediterráneo, en el puerto barcelonés, donde yo traté de convertirle a la gastronomía catalana, con nula resistencia por su parte, por cierto. Hacia el final de la cena le referí mi laberinto borgiano. Me confesó no saber nada de la cuestión, pero conocer a la persona que podría ayudarme: Efraín Kristal.

Ya estoy de lleno sumergida en la ficción, me dije, al escuchar el nombre de ese otro profesor de UCLA, especialista en Borges, judío y jugador de squash, según me informó Jesús, que había de ser el remedio a mis obsesiones veraniegas. Jesús me refirió, de memoria, el correo electrónico de su amigo y yo prometí escribirle esa misma noche. En efecto, llegué a casa, escribí una extraña carta de presentación en la que exponía mi duda y la arrojé al ciberespacio. Cuando la releí, después de enviada, me pareció tan descabellada que casi me arrepiento. Junto con mi presentación y mi pregunta iban los saludos cariñosos de Jesús Torrecilla desde el Mediterráneo.

La respuesta llegó esa misma madrugada. Amable y amistoso, Efraín Kristal desintegró mi problema borgiano en tres líneas: La cita de Reyes es un error, comúnmente repetido, de las Obras Completas de Emecé, me explicó. En su primera edición, la cita era: 2 Samuel I, 26. Sin perder un segundo, busqué la nueva cita: "Angustiado estoy por ti, hermano mío Jonatás. Tú eras para mí especialmente amable. Tu amistad me era más dulce que el amor de las mujeres". Por fin hallaba sentido a todo el entuerto. Realmente, la cita escogida por Borges ayudaba a comprender más y mejor la peripecia de los Nilsen, aquellos que por permanecer juntos fueron capaces de todo, incluido el asesinato. Y, al mismo tiempo, comprendía que nadie, desde hace no sé cuántas ediciones, empieza a leer La Intrusa donde debería.

Mis vacaciones terminaron en paz, y por fin logré escribir el texto de homenaje a La Intrusa que estaba tramando. Desde entonces, sin embargo, me siento albacea del interesante secreto a que me llevó esta carambola de amigos cercanos y remotos. Ahora me pregunto si debería llamar a los editores de Emecé y explicarles lo que he descubierto. O acaso debería seguir siendo albacea de mi pequeña verdad durante algún tiempo más. Por lo menos, albacea en este lado del Atlántico.

 

Aparecido en Poker de Damas, Literaturas.com, agosto 2003