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Suficiente

   

Pensaba dejar a Leo. Pensaba hacerlo; pero ayer por la tarde rompí su violín.
    Ahora no puedo dormir. Son más de las cuatro, y no puedo quedarme dormida porque Leo ha sudado la almohada, y buena parte del colchón. No soporto que sude. Maxi no sudaba, pero Leo sí. Cuando no suda, Leo huele muy bien, a loción para después del afeitado; pero ahora suda y no puedo soportarlo. Es como intentar dormir dentro de un agujero viscoso.

   
Hace más de dos años que Leo y yo estamos juntos. Al principio fue muy bien. Acababa de dejar a Maxi, y me sentía sola. No sé; supongo que no encontraba mi rumbo. Leo se vino a vivir a casa, y lo pasamos genial. Sin embargo, ahora es distinto. No sé. Me parece que hay cosas de Leo que no son como imaginaba; siento que me ha traicionado. A él nunca se lo he dicho; no estaría bien. Aunque no sé por qué; porque estoy convencida de que a Leo eso le daría igual. No le quitaría el sueño; Leo duerme como un bebé. Hace unos días le propusieron dar clases de música en el conservatorio, un buen trabajo; pero él no aceptó. No le costó lo más mínimo rechazar ese puesto, ni siquiera me preguntó qué opinaba. Dijo que le robaría tiempo a sus ensayos; y eso fue todo. Por la noche ya se le había olvidado; se quedó dormido en cuanto se acostó.
    Lo cierto es que me había costado tomar esa decisión; quería dejar a Leo. Y tuvo que suceder. No es que se hiciera pedazos, al fin y al cabo es un buen violín; pero esa parte larga que parece un mástil, se separó del resto del cuerpo. Como por arte de magia. No lo hice a propósito, desde luego; agarré el estuche para cambiarlo de sitio, y se me cayó de las manos. “Cielos”, pensé, “va a matarme”. Maxi solía gritar mucho cuando tocaba sus cosas; pero Maxi era así. Maxi era diferente.
    Me doy la vuelta en la cama, e intento dormir, pero no lo consigo. Miro a Leo, y me pregunto qué es lo que hago aún con él. Sé que si antes de conocerle me hubieran enseñado su foto entre unas cuantas más, jamás le habría escogido. No lo comprendo. Hace dos años, cuando nos conocimos, pensé que al fin había encontrado algo bueno. Un violinista. Leo toca maravillosamente el violín; sus padres le obligaron a tomar lecciones cuando era casi un recién nacido. Al principio me fascinó. Yo no estaba en mi mejor momento, ya lo he dicho: me sentía sola, y conocer a Leo fue algo extraordinario. Un violinista. Maxi ni siquiera podría soñar con tocar el tambor. No gana mucho dinero con ello; lo cierto es que no. Pero sabe tocarlo. No todo el mundo sabe tocar el violín, ¿no es cierto? Debe ser realmente difícil tocar un instrumento así, pero Leo lo toca a la perfección; como si no le costara trabajo. Lo toma en sus manos con delicadeza, y lo pone junto a su cara. Luego lo acaricia; pasa sus delgados dedos sobre el vientre de ese violín, y lo acaricia; lo mira del mismo modo en que me mira a mí cuando estamos desnudos y hacemos el amor. Mima a ese violín; lo trata con tanto cariño que debería estar celosa. Como si fuera un bebé. Ayer, después de enseñarle cómo había quedado el violín le dije que lo sentía, que compraríamos otro. Pero no sé si lo sentía, o no.
   
—Olvídalo, ¿quieres? —dijo.
    Y no dijo nada más.
    Hubiera preferido que me gritase; incluso podría haberme pegado. Una vez, Maxi me pegó. O tal vez fui yo quien le pegó a él. Puede que le pegase yo, puede ser. Leo no me habría pegado.
    Pero Leo no discute nunca; así es Leo. Maxi y yo solíamos discutirlo todo. Discutíamos por todo, eso es; hasta por cosas realmente absurdas. No sé qué clase de cosas; de todas, creo yo. A veces también nos gritábamos; pero qué importa eso. Lo pasábamos bien; al menos durante algún tiempo. Maxi siempre estaba haciendo algo. Siempre quería hacer cosas, era un hombre emprendedor. A Leo no le gusta hacer cosas. También quería que tuviésemos un negocio; recuerdo que no paró de insistir hasta conseguir del ayuntamiento una licencia para el almacén. Montó un almacén de neumáticos. Yo siempre me negué a que lo hiciera, ni siquiera llegué a verlo; aunque no entiendo por qué. Fui una estúpida. Supongo que ahora lo lleva él sólo; o quizá no. Me pregunto qué clase de vida lleva ahora Maxi. La verdad, no entiendo por qué me negué.
    Al parecer esta noche no hay forma de que me duerma, sólo tengo ganas de fumar. Así que cuando siento que Leo se da la vuelta en la cama, y aparta su brazo de mi esternón, me levanto, y me voy a fumar un cigarrillo. No lo entiendo; no tengo nada de sueño. Son más de las cuatro, y yo sólo tengo ganas de fumar. Todo está silencioso, salvo la ventana del pasillo que se rompió hace unos días, y ahora golpea contra las molduras metálicas. Los visillos flotan en la oscuridad como fantasmas mudos. Maxi ya la habría arreglado, pero Leo no. Leo no es esa clase de hombre. Leo dice que no hay que esperar de las cosas más de lo que pueden dar.
    —Es suficiente —dice.
    Leo está en otro mundo.
    Y cuando vuelvo a su lado, le miro, debajo de su amasijo de sábanas; y me pregunto si él tendrá suficiente.

* * *

    —Escucha, puede que tenga arreglo —me dice esta mañana antes de irse a su ensayo—. El violín —Estamos en la cocina, alrededor de la mesa donde yo he puesto el estuche con lo que queda del violín. Leo está serio, pero sé que lo dice de verdad—. No lo sabemos —dice—. Tal vez se pueda arreglar.
    —Pero si está roto —le digo. No se da cuenta; y no sé si yo estoy enfadada por ello—. Deberías odiarme.
    Pero Leo no dice gran cosa. Sólo se toma el café, y mira por la ventana. El motor de un coche explota varias veces seguidas hasta que se pone en marcha.
    Luego Leo coge el estuche del violín, y sale con él a la calle. Le acompaño hasta al coche. Le miro, y me parece el hombre más indefenso del mundo. Pero también yo me lo parezco. Muy indefensa. Le rodeo con mis brazos, y por primera vez (o tal vez es que se me había olvidado), me doy cuenta de que no puedo abarcar a Leo. Pero sigo abrazándolo. Y le pregunto si cree que podrá ensayar así. Con ese violín medio roto.

La autora

Cristina Cerrada (Madrid, 1970) Licenciada en Sociología. Es escritora y actualmente ejerce como coordinadora de varios cursos de narrativa corta y novela  en los talleres de escritura creativa Fuentetaja. Colabora en diversos medios de la prensa nacional como la revista digital Literaturas.com., el magazine Calle20, o la revista cultural Ateneaglam. Entre otros, ha recibido los premios NH de relato 2002, Casa de América de Narrativa 2003, Cajamadrid de Narrativa 2004 y Ateneo Joven de Sevilla 2005. Ha sido incluida en diversas compilaciones, entre las que destacan Todo un placer. Antología de relatos eróticos femeninos (2005) realizada por Elena Medel y publicado por la Editorial Berenice, y Antología de cuentistas madrileñas (2006) compilado por Isabel Díez Ménguez y publicados por Ediciones La Librería. Es autora de los libros Noctámbulos (2003) y Compañía (2004), que recibieron, respectivamente, el IV Premio Casa de América y el II Premio Caja Madrid. Calor de Hogar, S.A. es  su primera novela, que mereció el X Premio de Novela Ateneo Joven de Sevilla.
Más información en la página: www.cristinacerrada.com