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Querido Joaquín Sabina.

No hace tanto estuvimos muy cerca. Fue durante uno de esos días del libro en Barcelona, apestosos a sudor de sobaco y calurosos de un sol impertinente de puro joven. Tú firmabas ejemplares de ese libro de poemas que luego te da vergüenza recitar ante un público al que dejas plantado (y que lleva ya no sé cuántas reediciones, maldita sea tu estampa) y yo persistía bajo el calor y los árboles. A tu lado en la caseta de la librería Crisol renegaba por lo bajo una amiga mía que, con más méritos literarios que tú (digo literarios) no se comía una rosca. Yo acudí, como hago cada Sant Jordi, a refrendarme en unas pocas amistades que el paso del tiempo no ha oxidado (pese a que todos ellos son famosos y yo no) y, ya de paso, a presumir de hijo, que no todo han de ser palabras: hay que pensar también en fabricarles lectores a los amigos. En mi descargo digo que era madre sólo desde tres meses atrás y que no había superado aún esa fase exhibicionista del orgullo idiota de una madre (o del orgullo de una madre idiota) que tardó en serlo más de lo que hubiera deseado, qué le vamos a hacer, así es la vida, que dijo Cyrano de Bergerac cuando descubrió lo larga que la tenía.

Yo llegué y —quiso Chus Visor— tú ya estabas allí, gastando tinta en una cola de admiradores que te perseguía de librería en librería, qué coñazo. Yo, sólo a treinta centímetros, alterné con mi amiga y su editor, armando mucha jarana y alguna palabrería. No voy a decir que tu reacción ante ese magnetismo extraño que desprenden los bebés fuera idéntica a la del resto de la gente. Sólo digo que algo te impelió a dedicarle a mi hijo una cucamona entre firma y firma. Breve, pero, al cabo, cucamona. Creo que le preguntaste a mi amiga si el bebé era suyo y que ella me señaló, acaso llegó incluso a pronunciar mi nombre con apellido, y en estas tú y yo cruzamos dos palabras insípidas de esas que sólo sirven para pasar enseguida a otra cosa.

Como no quiero ser del montón ahora que voy siendo mayor, pese a este desmayarse, atreverse, estar furiosa que siempre me desatas, reprimí las ansias de decirte algo lamentable del tipo: Ay, cómo me ponen tus letras. Como barrunté atinadamente (ay, un adverbio en mente, qué vas a pensar de mí), muchos y, sobre todo, muchas, te habrán susurrado antes palabras parecidas y yo no voy a darte ese gusto. Por eso, prudente como soy, y de natural sosegada, aunque las procesiones vayan por dentro que se las pelan, me quedé en un ir y quedarse y con quedar partirse y un sonreír lento, con esa prudencia que denota lo cara que les salió mi educación a mis padres.

No soy mujer que pase inadvertida con facilidad. Supero en altura y volumen a casi todas las hembras que conozco y a no pocos hombres. Lo mío no es obesidad, sino grandeza. Dicho sea con mucha modestia y atendiendo a la etimología. Soy eso que el vulgo y los fabricantes de ropa llaman una mujer grande. Desde luego, algo así se sobrelleva mucho mejor pasados los treinta y ahora que vivo con un hombre de más de metro noventa estoy aprendiendo a afilar de vez en cuando un par de tacones de a diez (centímetros). Lo cual me hace directamente inalcanzable.

Sin embargo, heme aquí, incapaz de confesar cuánto peso pero a punto de hacerte una oferta. Me han pedido que te proponga una noche guarra. Mmm, el asunto es goloso, qué te voy a contar. Más desde que sé que te estás redimiendo de esos pecadillos que te hacían tan simpático, que ahora duermes de noche y sacas discos remasterizados. Sin embargo, después de sopesarlo, concluyo que no sé si tu lujuria y la mía encontrarían un común denominador donde multiplicarse.

Para empezar, yo nunca bebo. Y mira que lo he intentado. Le pego un poco al vodka, siempre con naranja. Una mariconada. Intento aficionarme al tinto, pero no da resultado: lo que a mí me gusta de verdad es oler. Del fumar me molesta hasta el subjuntivo. La sustancia más nociva que consumo es un desatascador intestinal que sabe a rayos y que a veces no funciona y cuando me deprimo me da por ponerme ciega a donuts con cocacola.

De lo carnal mejor no hablo. No pienses mal: tengo mis habilidades y mis perversiones (ergo, soy de fiar) y hasta he practicado alguna vez el adulterio sin por ello dejar de pensar que Madame Bovary era gilipollas, pero ya hace un tiempo que lo dejé. Ahora paso las noches al lado de mi hombre de más de metro noventa (te gustará, es del Atleti), con el que tuve dos niños que de vez en cuando no nos fastidian las veladas pero que nos han condenado a una nocturnidad doméstica y portátil. Ahora somos los reyes del videoclú, de la tortilla de patatas con mayonesa y de las pipas con sal en el sofá. De vez en cuando, una mano llega bajo la ropa hasta el infinito y más allá, y entonces nos sentimos ganadores de eurovisión y soñamos con lo que haremos cuando nos crezcan los enanos.

Comprenderás que no es cuestión, ante tal estado de cosas, de huir contigo por los tejados. Además, Ximena me cae muy bien, y eso que sólo la conozco de verla en tus canciones. De modo que, concluyo, lo mejor será que os paséis por casa. He de confesarte que con esta manía mía de escribir no he olvidado cuál es mi mayor habilidad: cocinar. Os prometo, por si supone para vosotros un acicate, lo mejor de mi repertorio para recibiros. Bordo algunos platos peruanos, pero mejor será quedarse con el producto autóctono: un rossejat con gambitas, una ensalada de salmón y langostinos con arroz basmati o un goulash de solomillo de cerdo ibérico. A los postres, un trivial pursuit para que mi chico y tu chica nos den una paliza mientras tú y yo vamos saltando de un lugar para otro en pos de los quesitos marrones. Cafelito, galletas y para beber, lo que queráis y barra libre. Yo, ya sabes, me rebajaré el vodka con mucha naranja. No vaya a ser que perdamos por mi culpa, por una vez que seremos pareja.

 

Publicado en el El Mundo, 4 de agosto 2003.