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    PARAÍSO NUDISTA 

 

Primero, una impresión de lejanía:

como si cada cuerpo estableciera

un horizonte propio, con sus islas,

con sus amaneceres presentidos,

con sus barcos distantes. Aunque nunca

tan lejos unos de otros como para

no compartir algunas evidencias,

una esencial complicidad. Parejas

casi siempre. O corros bulliciosos

que, apenas se despojan de sus ropas,

parecen invadidos de una extraña

ceremoniosidad, que les incita

a jugar a las cartas, recluidos

en posturas discretas, o a construir

castillos en la arena mientras guardan

la digestión como una más de tantas

convenciones vigentes, pese a todo.

Nadie se acerca a preguntar la hora.

Nadie te pide fuego. Y solamente

algunos paseantes de la orilla

se atreven a afrontar con discreción

los pequeños enredos que provoca

un perro que olisquea los tobillos

o un niño que se suelta de la mano

e invade los dominios acotados

por toallas tendidas y tumbonas,

y luego se detiene y enmudece,

hasta que alguien lo llama por su nombre

o se acerca a buscarlo y los dos juntos

se reincorporan a su lejanía,

igualados, ahora, por la luz

que les dora la espalda y por la ingenua

cadencia de las nalgas al andar.

 

La piel, en ocasiones, es el más

denso de los vestidos, el que oculta

mejor lo que uno cela de los otros.

Hay quien, desnudo, ofrece a las miradas

ajenas su compacta opacidad,

igual que otros parecen derramarse

en las delicadezas de su piel

o en la evidencia sensitiva, alerta,

de lo que normalmente ocultan, flores

o signos de un extraño abecedario,

animales dormidos, criaturas

abisales, antiguas cicatrices

o estigmas de una herida irrestañable.

Y hay quien conjura, al desnudarse, el sueño

de un mundo sin deseo, o con deseos

convertidos en meras variantes

de una curiosidad gratificada.

 

Sin embargo, tampoco aquí se cumplen

esas expectativas. Revestidos

de luz, de convenciones, de distancia,

de la mera inocencia de la piel

en sus imperfecciones y en sus signos,

el sol poniente nos convierte en sombras,

siluetas que transitan sobre el vivo

azogue de la orilla. Hay quien se cubre

los hombros y quien se recluye más,

si cabe, entre sus pertenencias. Y hay

también quien se incorpora, en este tránsito

de la luz a las sombras, al desfile

orgulloso de cuerpos junto al mar.

Reaparece el deseo con la luz

declinante, y también el viejo anhelo

de compartir la desnudez con otros

bajo un pacto de mutua entrega. Algunos

optan por retirarse entonces, forman

un éxodo modesto de parejas

que arrastran parasoles y butacas

en dirección a los aparcamientos.

El paraíso se disuelve en sombras.

Y sólo el aire es transparente y sólo

la playa alcanza a desnudarse ahora.

 

  

El autor

José Manuel Benítez Ariza (Cádiz, 1963). Es autor de las novelas  La raya de tiza (Pre-Textos, 1996) y Las islas pensativas (Pre-Textos, 2000), así como de los libros de relatos La sonrisa del diablo (Renacimiento, 1998), El hombre del velador (col. Calembé, Fundación Municipal de Cultura, Cádiz, 1999) y La lluvia ácida (Algaida, 2004). Está incluido en diversas antologías y recopilaciones de relatos. Su obra poética incluye los títulos Expreso y otros poemas (Ayuntamiento de Rota, 1988), Las amigas (Qüásyeditorial,1991), Cuento de invierno (Diputación de Granada, col. “Maillot amarillo”, 1992), Malos pensamientos (Renacimiento, 1994), Los extraños (Pre-Textos, 1998), Cuaderno de Zahara (Pre-Textos, 2002) y Cuatro nocturnos (en prensa). Ha traducido obras de Rudyard Kipling, Joseph Conrad, Herman Melville y Henry James, entre otros. Escribe artículos de crítica literaria, cine y otros asuntos en diversos periódicos. En la actualidad mantiene una columna semanal en Diario de Cádiz y hace crítica de libros para el suplemento El Cultural del diario El Mundo. Los libros La vida imaginaria (Ediciones La Mirada, 1999) y Me enamoré de Kim Novak (Renacimiento, 2002) recogen sus crónicas de cine.