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Barcelona más allá de los cristales
Novembre acosta la felicitat
Joan Margarit
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Noviembre acerca la felicidad, leo en las
páginas del libro que me acompaña como un lazarillo. Estoy en la plaza Sant
Felip Neri y es noviembre. A juzgar por la quietud del lugar, la felicidad está
presente. O tal vez sea otra cosa, parecida, siamesa. El vacío.
La definición científica de vacío habla de energía y repulsa. El horror fue
energía en este lugar, y de la repulsa surgió este vacío que lo desborda todo.
Desde entonces ese vacío protege esta plaza, esta iglesia, estos árboles
indiferente. Los árboles son como dijo Cortázar que eran las estatuas: hay que
ir a verles, porque ellos no se molestan. A Sant Felip Neri no sólo se viene a
ver árboles: se viene a reencontrarse con ellos en silencio, como se reencuentra
una con un amor al que dejó escapar.
La historia de la ciencia es la de la entonación distinta de algunas metáforas,
dijo Borges. Estoy de acuerdo, pero en esta plaza no hay metáfora que valga. El
horror no se ha consumido.
Cuentan que mientras se rodaba en Barcelona El perfume: historia de un asesino,
John Malkovich se sentaba en esta plaza a beber buen vino. Apostaría algo a que
antes de llegar aquí, Malkovich desconocía el significado exacto de la palabra
«metralla». Después de observar la pared herida, ya nunca más será indiferente a
ella.
Fue un 30 de enero de 1938: una bomba. 42 muertos. La mayoría, niños. Las
paredes no cicatrizan. Nuestra inocencia, tampoco. La herida siempre estará como
recién abierta.
Para soportar la verdad que contiene este lugar hacen falta las metáforas. Al
mismo tiempo que la vida, crece la muerte, susurra el poeta desde la página que
ha quedado abierta.
Añado que al mismo tiempo que la verdad, crece la máscara.
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Fue ver a Woody Allen rodando en Barcelona,
y a los barceloneses se les antojó su sombrero verde de pescador. Eso, por lo
menos, afirmaban algunos periódicos: que la demanda de sombreros verdes de
pescador estaba creciendo en la ciudad condal, y que era necesario hacer lo
posible por satisfacerla. Sólo Antoni Obach permaneció inalterable y recordó que
en verano lo que se vende en Barcelona son panamás de paja y sombreros de
algodón de anchas alas. Será porque las modas no alteran los nervios de este
veterano sombrerero al que esto de vender adminículos que cubran las testas le
viene de linaje. Obach es la decana de las sombrererías barcelonesas y su
escaparate uno de los más fotogénicos e inmortalizados de toda la ciudad. No es
de extrañar: tiene ese aire de lugar a punto de desaparecer, de cosa que estamos
imaginando porque no es posible que persita.
Sólo he entrado una vez en la sombrerería Obach. Fue en el verano de 1990. Yo
era la periodista más joven y más cándida del Diari de Barcelona. La productora
había convocado a los medios de comunicación para anunciar la finalización del
rodaje de una película de Ventura Pons, una comedia llamada Què t’hi jugues
Mari-Pili? De la que no recuerdo nada salvo a Amparo Moreno, que interpretaba a
una gitana y quería convertir su interpretación en un homenaje a todos los
gitanos de España. La sombrerería Obach estaba patas arriba, invadida por la
artillería del equipo de rodaje. Las actrices se refugiaban en el estrecho
balcón que daba a la calle y contemplaban la calle del Call, estrecha y
bulliciosa como debió de estarlo en la Edad Media, cuando esto era el barrio
judío.
No recuerdo haber visto ningún sombrero por ninguna parte. |

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No suelo ir mucho por Las Ramblas. Es una
calle que los barceloneses frecuentamos poco, tal vez porque no es una calle,
sino un exceso. Ríos de gente, vehículos en procesión, espectáculo por todas
partes.
Las Ramblas son una calle de ficción, jalonada de estatuas que son personas que
fingen ser estatuas. Demasiado para un día laborable. Es bueno reservarse Las
Ramblas para una ocasión.
Sin embargo, tuve la desgracia de pasar por allí el mismo día en que Woody Allen
estaba rodando su escena de Las Ramblas. Había varios revuelos que se
superponían a los habituales: el de los fotógrafos, el de los curiosos, el de
los agentes de policía. Los taxistas se detenían, con el ceño fruncido y un
brazo piloso en la ventanilla, para preguntar qué ocurría. Por todas partes se
oían exclamaciones y bocinazos. Había gente con megáfono, gente con maletas, un
catering en mitad de la calle. Nada de todo aquello merecía ser tomado muy en
serio.
Me entretuve en tomar algunas fotos. En una de ellas, una figura diminuta como
un pulgón de rosal se detiene en mitad de un claro urbano. En cuanto llegué a
casa amplié la imagen al máximo. El pulgón se convirtió en Woody Allen
caracterizado de sí mismo: su pantalón caqui y su sombrero verde de pescador.
Aquí está, me dije.
Luego vino lo de los sombreros.
* * *
«Cada vez que veo la sagrada familia me dan
ganas de gritar», afirma Rosa María Sardà en Barcelona. Un mapa, de Ventura Pons.
Está sentada tras un escritorio, hablando con Josep Maria Pou. La siguiente
secuencia nos muestra cómo llega al templo con paso enérgico. Es de noche. Sardà
se detiene frente al monumento iluminado, grita a todo pulmón, se descompone.
Dos veces. Luego cierra la boca y se marcha a buen paso.
Rodar de noche en la Sagrada Familia es la única forma de no mostrar la verdad.
Obras, grúas, albañiles que observan a los turistas y turistas que fotografían a
los albañiles. Japoneses que observan las polaroids que acaban de tomarse, como
la Sardà, con el templo al fondo. Sólo que los japoneses no gritan. Nunca he
visto gritar a un japonés. Imagino que son gente contenida, discreta, bien
educada. No sé qué pensarían si vieran desgañitarse a una mujer madurita y como
de vuelta de todo frente a la Sagrada Familia. Le harían fotos, aguardarían a
que su cámara las escupiera. Luego observarían las fotos de la Sagrada Familia y
no necesitarían volver a mirar la Sagrada Familia.
A veces, yo también me pregunto si merece la pena mirar el original pudiendo
observar su reflejo. Cuál de los dos será más auténtico.
«Todas las ciudades son más soportables de noche que de día», dicen en la
película.
Comprendo a los japoneses.
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Un personaje de Barcelona. Un mapa busca
sombras en la cuadrícula urbana inventada por Ildefonso Cerdà. Lo hace porque
busca refugio.
Decido salir en busca de sombras y las encuentro, como en una apoteosis,
congregadas en la Plaça Nova. La sombra del saxofonista casi besa las escaleras
de la catedral y los turistas bailan la música que toca.
Me gusta esta Barcelona crepuscular que tan bien la perfila. Ambigüedad y
calidez, brevedad del momento, las sombras que agrandan lo pequeño y cubren lo
verdadero. Pienso que esta es la Barcelona que vive en la pantalla, la que
siempre muestran las películas. Lo comprendo: es bella como un espejismo. Pero
bajo esta epidermis hay otra ciudad. Es la del reflejo.
La ciudad que existe, pero raramente se deja aprender.
Es ésa la que me interesa capturar durante mi paseo. |
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La verdad se escapa siempre por los
resquicios. Sobre la mesa donde comen Bardem, Hall y Johanson, aguarda una
rebanada de pan con tomate. No la tocan, no la miran. Tan sólo está ahí. Y a mi
me da que esa rebanada de pà amb tomàquet es la única porción real de Barcelona
que contiene Vicky Cristina Barcelona, de Woody Allen. Hay otra, pero no se ve,
porque es una música. Javier Bardem llega al caserón asturiano donde vive su
padre y en algún momento comienza a sonar El noi de la mare, un villancico
tradicional catalán que los niños aprenden en el parvulario. Esa música es otra
grieta por la que la verdad se cuela de puntillas en la película de Woody Allen.
El resto, es puro espejismo. Como el pedazo de cielo que refleja un charco en el
suelo. Como los fantasmas que nuestra mirada sorprende en trayectorias
paralelas, caminando a lo largo de la calle Mirallers. Como esos japoneses que
de pronto aparecen en el escaparate de una tienda artesanal, como si fueran
parte de la puesta en escena. La Barcelona de Woody Allen vive en las terrazas,
da fiestas en los palacetes de la zona alta y habla diversos idiomas, pero
ninguno de ellos es el catalán. Es un escenario dispuesto para el
publirreportaje con que soñaba la Generalitat. La ciudad luce bella cual es, con
sus dragones en sus parques, sus flores en sus Ramblas y sus pijos en los
salones, pero carece de alma. No se parece en nada a la Barcelona que me
sorprende cuando salgo a la calle.
Me pregunto si no habría estado bien mostrar, además de la fachada perfecta, la
grieta irreparable. |

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Si algo le agradezco a Pedro Almodóvar es
que rodara una escena de Todo sobre mi madre en la plaza del Duque de
Medinaceli. ¿Recuerdan? Es aquella, al final de la película, en la que Penélope
Cruz reencuentra a su padre, que pasea un perro. No recuerdo los
nombres de los personajes. Excepto el del perro. El perro se llamaba
Sapic, qué cosas. Penélope Cruz baja de un taxi, la cámara va tras
ella y nos ofrece un travelling en el que la plaza luce toda su
fealdad, sin adornos, sin piedad. Almodóvar nos dice: he aquí la
Barcelona que no interesa a los japoneses.
Una vez esperé cerca de una hora en un banco de la plaza del Duque
de Medinaceli, frente al edificio del Registro Civil. Un amigo muy
querido me había pedido que fuera testigo de su boda. Recuerdo que
una funcionaria les pidió —a mi amigo y a su futura esposa— que
salieran de la estancia. Nada más quedarse a solas conmigo me
preguntó si conocía algún motivo por el que el matrimonio no pudiera
celebrarse. No respondí enseguida. La funcionaria repitió la
pregunta, con voz algo más imperativa. Yo saboreaba mi poder. Las
posibilidades infinitas de los condicionales.
Contesté lo que se esperaba de mí. Lo celebramos en un bar que está
junto al Registro, y que también aparece en el travelling de
Almodóvar. Por supuesto, tampoco recuerdo su nombre. Brindamos.
Contemplamos nuestros tres rostros en el reflejo de la ventana. A
través de ellos, se veía la calle. Era hermoso mirar la vida de
dentro hacia fuera.
No teníamos ni idea de lo que iba a ocurrirnos. |

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Tres personajes estrafalarios contemplan la
vida de dentro hacia fuera —como nosotros aquella mañana en el bar de la plaza
fea— desde el escaparate de una tienda de máscaras. Pertenece a la Barcelona que
vive dentro de la grieta, indiferente. Los tres personajes me observan. También
a la señora con bata y una bolsa de basura que en estos momentos cruza la calle
sin mirar. O al hombre de mediana edad que se recuesta en la pared y luego llama
a un timbre.
Decido ponerles nombre, pero no se me ocurre ninguno. Tal vez Noviembre. Tal vez
Sapic. El tercero parece preguntarse, desolado: «¿Y yo?». Es larguirucho, tiene
un aspecto frágil. Si fuera un hombre, me enamoraría de él al instante.
Cómo es el movimiento, la cadencia, la prisa, parece preguntarme.
Cómo es observar sin descanso, en eterna quietud.
Nunca lo entenderíamos, pensamos.
Y me voy antes de bautizarle, por si acaso. |

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Viví cerca de siete años en La Ribera, el
barrio que acoge más rodajes de toda la ciudad. Era un lugar perfecto. Por las
noches, se escuchaban las risas de la gente que llenaba las terrazas de los
bares. Por las mañanas, las calles despertaban con el frescor de los vehículos
de la limpieza municipal. Los locales se llamaban Rosa de Foc, Mudances,
Miramelindo. Había un restaurante donde los platos llevaban nombres de
personajes de Cien años de soledad. Aún quedaban vecinas que barrían las
aceras y boticarios con bata azul. De pronto, salías a la calle y te encontrabas
a los del rodaje. Habían cambiado la piel de las calles y las tiendas, pero la
ciudad disfrazada seguía siendo un lugar donde era muy fácil ser feliz.
Cuando me cansaba de la máscara, buscaba junto a mis pies el reflejo del cielo
siempre azul y el horizonte de antenas vigilantes de las azoteas. Desde mi
ventana, las antenas del barrio me vigilaban, muy tiesas. No me dejaban pasar ni
una.
En aquel lugar me enamoré, concebí hijos, escribí de sol a sol. El barrio me
alentaba.
Luego, me marché. La vida consiste en marcharse de vez en cuando. Vendí mi piso
viejo a un sueco que buscaba soles tibios. Cada vez que paso por allí pienso en
él, el sueco, y en su mujer, quien semanas después de la venta seguía llamándome
desde la que fue mi terraza sólo para decirme lo feliz que se sentía allí.
La comprendía mucho mejor de lo que ella pensaba.
Lo peor era que yo también era feliz. A pesar de que me había convertido en
quien mira los reflejos. Desde fuera, o desde arriba. La que toma por ciertos
los disfraces.
¡Ay!, Life is short, life is hard, life is full of pain, le espeta Bardem
a Penélope en Vicky Cristina Barcelona. Yo entonces no lo hubiera creído.
El poeta preferido añade: Barcelona, cuando era pobre, humilde, acogedora / como
lo son las ciudades que han estado solas, / sonreía más allá de los cristales.
Más allá de las pantallas.
UNA MÁS
Las imágenes son de Care Santos.
© Care Santos |
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