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DE TODAS LAS COSAS QUE AMO
Hay violines deshechos en el abecedario de tu piel insomne, músicas imposibles para definir la abertura de tus labios. Hay campanadas de sangre en las voces que circundan nuestro cuarto malherido, amapolas de viento ondeando su muerte para la exacta inclinación del amanecer. Hay lluvias trepidantes que se parecen a tu cuerpo cuando callan, guirnaldas amarillas que marchitan el perfume maligno en la memoria por tu voz. Pero de todas las cosas que amo, hay un hombre dormido en el espacio de mis últimos besos.
ESTACIONES DEL OLVIDO
Octubre llama con la piedad de los huracanes, con el silencio de la cueva de los muertos donde las tropas del invierno salieron a buscar una excusa para el odio. Mi padre en octubre moría. Era el mes de las estaciones del olvido en mi casa, el palomar de los desaparecidos y el nombre de los perros en el escenario de las transfiguraciones. Mi padre escuchaba a Gardel como un mágico objeto de su vida, las pavorosas distancias donde una vez ancló su amor y lo dejó perdido. Octubre arribaba su marcha a los varaderos donde se traficaban historias con las aspas de la noche enfurecidas. Ya para qué el amor si los campanarios son horcas asidas al enjambre del mundo y cada cobardía que acude al sitio. Es el tiempo para huir, el juego misántropo y el suicidio como la justa razón para la muerte. De tanto quererlo callaba y exageré nuestra distancia. Exijo ahora que sus horas se detengan, que no se incline jamás su llanto, mi padre, su estancia de palabras inútiles donde los gatos jugaban arañazos imprecisos a sus manos. Mi padre moría y las canas del abuelo en su cabeza, las memorias malignas y el miedo ensordeciéndole. Porque tuvo miedo, mi padre... ¿o fui yo la que moría?
EL JURAMENTO
Cuando la locura cobra sus hallazgos al dolor inician los estragos del juicio, el hombre arrodillado en amapolas y la mujer dormida fingiendo su regreso. Maldita su certeza y el pañuelo rojo entre las manos, donde llegan los ciegos a traficar su llanto. Levanta su mano pues es destino del hombre el falso juramento, el ahorcado que se lleva atravesando los caminos, inspirador de las bélicas argucias. La mujer se levanta porque hay milagros peores que la muerte y fatalidades más precisas.
Los emigrantes a veces abandonan sus desgracias en los trenes, recorren la sangre absoluta de una mujer degollada en sus confines. Retoman los caminos de los libros y el devenir de Fausto a la locura. Se bañan en la lluvia de los parias, en el andamiaje de la muerte sus mentiras. Salen a la luna los domingos persiguiendo su regreso en los amigos. Recorren las leyendas de la guerra con una voz distinta y sus casas son pájaros de sangre para un insomnio desolado. Los emigrantes, diminutos malheridos, conocen del tiempo su afanosa venganza mientras adquieren lejanías más ingratas. Dibujan ventanas a sus ruidos, escriben su historia en las banquillas y cocinan terquedades para nombres que no vuelven y los hijos muertos. Después desmienten pero nunca olvidan y quieren volver y no vuelven.
La autora Alejandra Castro nació en San José de Costa Rica en 1974. Es abogada, Especialista en Derechos de Autor, Máster en Literatura Española de la Universidad de Costa Rica y Máster en Derecho Informático de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado cuatro poemarios: Desafío a la Quietud (Editorial El Quijote, 1992), Loquita (EUCR, 1997, por el cual obtuvo el Premio Anual de Poesía otorgado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica), Tatuaje Giratorio (ECR, 1999, por el cual obtuvo el Premio Nacional Joven Creación otorgado por la Editorial Costa Rica) y Hay milagros peores que la muerte (ECR, 2002). Asimismo, ha sido finalista del Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines y de los Juegos Florales Internacionales de Quetzaltenango. |